Opinión | Al Azar

Mbappé mete las narices en política

Kylian Mbappe.

Kylian Mbappe. / LaPresse

Ninguna estrella mundial protagonizó más eventos contra la droga que Diego Armando Maradona. Este precedente obliga a ser cauteloso sobre los pronunciamientos de los deportistas millonarios que aprovechan su gloria para aconsejarnos cómo deberíamos vivir, con menos dinero que ellos. Una vez que Mbappé mete las narices en política y lógicamente se las rompen, hay que reivindicar el derecho a vitorear cada uno de sus goles madridistas al tiempo que no solo me importe un bledo su opinión sobre la extrema derecha, sino también sobre la inmensa mayoría de asuntos que conforman la actualidad.

La atención creciente a la cháchara de los deportistas de élite se debe a que nadie en su sano juicio aguanta ya una retransmisión de dos horas de césped. Y aunque fijarse en el discurso de un futbolista es la forma más vulgar de perder el tiempo, Mbappé ha sido más reptilíneo que rectilíneo al decretar que se opone a votar «a los extremos». Esta evangélica propuesta excluye al RN de la familia Le Pen, pero también a las fuerzas francesas de izquierda consteladas en torno a Mélenchon. Es decir, que el goleador exige votar a Macron, y sin avisar como si fuera un vendedor de aspiradoras.

Admitiendo como quieren los idólatras que Mbappé es un valioso sermoneador contra la extrema derecha, se entiende ahora su fichaje por un Real Madrid que prohíbe la inscripción como socios o espectadores a votantes de Vox/Alvise. El francés que ha materializado en todos los sentidos el sueño capitalista, además tiene la fortuna de recalar en un club sin extremismos perceptibles. Mientras prosigue el arrebato de los adoradores, se olvida la comparecencia pública del jugador francés en que se rio a mandíbula batiente del periodista que le propuso que el PSG viajara en tren en lugar de avión privado, por respeto al planeta. En contra de la ultraderecha francesa que le ha afeado este comportamiento poco ecológico, se trataba de otra apuesta del delantero para evitar «los extremos». La sociedad contemporánea mejorará en cordura cuando desoiga a los privilegiados que viven de espaldas a la realidad.

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