Opinión

Un coloso frágil

Modi es un nacionalista de casta baja y de innegable carisma que quiere llevar a su país a ocupar el lugar que cree que merece en el mundo por su historia, población y economía

El primer ministro de India, Narendra Modi

El primer ministro de India, Narendra Modi / EP

Narendra Modi ha tomado posesión esta semana (y van tres) como primer ministro de la India, la mayor democracia del mundo, tras unas elecciones que han durado dos meses para permitir votar a 970 millones de personas (finalmente ‘sólo’ lo han hecho 640 millones) que debían elegir entre 2.400 partidos en más de un millón de colegios electorales (a algunos las urnas llegaron a lomos de elefantes). Son cifras que marean. Modi es un nacionalista de casta baja y de innegable carisma que quiere llevar a su país a ocupar el lugar que cree que merece en el mundo por su historia, población y economía. Al igual que Xi y Putin, piensa que la India es un Estado-Civilización y que eso le coloca por encima de los demás países. Peligroso.

La India es un gigante: el país más poblado del mundo (1450 millones con una edad media de 28 años), la quinta economía del planeta (espera ser la tercera en 2029), y es una potencia nuclear y espacial con unas Fuerzas Armadas poderosas. Sobre esa base Modi propugna una política exterior firme que su población respalda pues el 72% cree que la cultura india es superior a las demás, el 88% apoya la entrada como miembro permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, y un porcentaje similar cree que también debe incorporarse al G-7. Lo mismo piensa el ministro de Asuntos Exteriores Jaishankar cuando afirma que «una política nacionalista produce una diplomacia nacionalista a la que el mundo tiene que acostumbrarse». Pues ya lo sabemos.

Pero India también tiene debilidades pues es un país muy desigual. Su PIB es solo de 3,5 billones de dólares (EE UU tiene 24 y China, 17), su renta per cápita apenas llega a 2.000 dólares, y el 1% más rico de la población acumula el 40% de la riqueza mientras que al 50% más pobre solo le llega el 3%. En 2022 ocupaba el puesto 180 sobre 180 países en el Environmental Performance Index por su paupérrimo cuidado del medio ambiente. Sin embargo, lo peor es, como dice Arundhati Roy, que «la democracia india está siendo desmontada sistemáticamente» porque Modi la está convirtiendo en «un Estado hindú teocrático y corporativo». E igual piensa Sami Nair cuando afirma que Modi «está poniendo en peligro el legado democrático que dejó Gandhi» y eso es muy preocupante.

La razón está en el virus del nacionalismo. Modi empezó su carrera en un movimiento ultranacionalista hindú y no oculta su deseo de restaurar «el orgullo hindú» y el control político del país por la mayoría hindú (80%), acabando con el pluralismo y la libertad religiosa que son consustanciales al hinduísmo, caracterizado por sus muchos dioses y muchas castas, un pluralismo que defendieron políticos como Jawarharlal Nehru o Indira Gandhi pues en India además de hindúes viven musulmanes (170 millones), budistas (8), cristianos (28), sikhs (20) jainitas y parsis. Modi desea cambiar el nombre de India por Bharat, en homenaje al mítico rey Bharata, el primero que logró unir políticamente a todo el subcontinente. El peligro es que acabe convirtiendo a la India en un país definido por su identidad religiosa, como le ocurre a su vecino Pakistán.

Modi también ha puesto en marcha un proceso de centralización política en perjuicio de la autonomía de los Estados, amenaza a instituciones democráticas como la judicatura o la prensa (India ocupa el puesto 161 de 180 en el World Press Index) y promociona hasta el ridículo el culto a su propia personalidad haciendo poner su foto en los certificados de vacunación contra el Covid. Esa deriva conduce a un deterioro del pluralismo y a un debilitamiento del equilibrio de poderes y de las libertades consustanciales a una democracia sana. Afortunadamente los electores le han negado la mayoría absoluta y eso le complicará llevar a cabo este programa.

Occidente hace la vista gorda ante esta deriva nacionalista, populista, centralista y autoritaria porque India es un gran mercado, un gran proveedor y porque la necesita para contener a China, aprovechando sus disputas territoriales en el Himalaya. Por eso se ha integrado en el grupo QUAD con Australia, Estados Unidos y Japón, sin dejar por eso de comprar petróleo y armas en Rusia o de formar parte del la Organización de Seguridad de Shanghai, en un intento de mantener abiertas todas sus opciones como líder natural del Sur Global. Es un gran país con el que cada día habrá que contar más.