Opinión | EL TRIÁNGULO

Perder

Vivimos rodeados de violencia y convivimos con ella de forma muy razonable, expuestos como estamos a que, tras una discusión por cuestiones cotidianas, como pueda ser la hora del almuerzo o un gesto malinterpretado, se produzca una bronca descomunal. Eso mismo pasó hace unos días en Huesca cuando un trabajador golpeó a otro con un martillo por un desacuerdo en la hora del almuerzo y es que tan mal sentimos que en ocasiones, demasiadas, solo sabemos expresarnos con violencia y gritos.

Cuando era pequeña veraneaba en Oropesa del Mar en una urbanización que se llamaba apartamentos Galeón y uno de los recuerdos más claros que tengo, apenas tendría seis o siete años, fue la pelea que tuvieron dos padres de la urbanización a raíz de una riña que habían tenido sus hijos, una cosa de críos que no debería haber ido más allá, pero cuando uno de los niños subió y le dijo a su padre que el del segundo le había insultado, el padre no dudó en bajar a su coche, abrir el maletero y sacar unos nunchacos y presentarse en la casa del otro padre y agredirle.

Los niños estábamos abajo, en la zona donde estaban los aparcamientos que eran abiertos y donde jugábamos y donde aquella tarde escuchábamos los gritos que venían desde la segunda planta mientras nosotros permanecíamos en silencio y sin jugar y sin saber qué hacer o a quién llamar. En ese instante el padre del segundo apareció con el pelo muy desordenado y tras él apareció el padre del otro niño con los nunchacos, jurando que iba a matarlo.

Aquello me conmovió de tal forma que me eché a llorar y antes de que se produjera un golpe fatal aparecieron dos de los chicos mayores y consiguieron detener la imagen. Recuerdo que cuando pudieron separar a los padres el silencio se hizo muy duro y de repente cayó la noche y nadie conseguía entender cómo dos padres que llevaban veraneando años y años en la misma urbanización, compartiendo fiestas y cumpleaños, podían desatar tanto odio, deseando incluso la muerte del otro.

Por aquel entonces yo no sabía que con los años nos volvemos intransigentes y solo entendemos las cosas cuando nos dan la razón, porque perder no es estar triste o alegre, sino ser un tipo turbio al que los otros no quieren porque trae desdicha y malas horas. Aquellos padres solo querían que sus hijos no fueran unos perdedores y fueron ellos los que nos enseñaron la forma más primaria de ser un perdedor.

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