Opinión | La suerte de besar

Hogar, dulce hogar

Butaca

Butaca / Ingimage

Tengo un amigo que define la sensación de hogar como tumbarse en el sofá de su casa y leer el periódico. Hogar es algo que va más allá de una casa y de cuatro paredes. Es ese referente que nos da seguridad, bienestar, tranquilidad y, si es posible, un poco de presencia y conexión con una misma y el entorno. Nada fácil.

Janet, una mujer de Kenya, me contó que sentía esa plenitud al cocinar para su familia. Le daba igual que fuera en su pueblo de nacimiento o en el vecino, la geografía no era lo relevante. Sí lo era saber que sus personas importantes se reunirían alrededor de una mesa al acabar el día. Janet lo conseguía a menudo y era afortunada. El señor con el que hablo en el supermercado y que se ofrece a ayudarme llevando la compra no piensa lo mismo que Janet. Sonríe para conseguir unas monedas, pero está y se siente más solo que la una. Todas las noches busca un plato caliente y un colchón en un albergue, pero no siempre lo consigue. La alternativa es arremolinarse en cualquier portal. El desarraigo y la pobreza son la antítesis a sentirse protegido.

Buscando opiniones acerca de lo que es sentirse como en casa, me topo con Pico Iyer. El ensayista cuenta, durante una charla TED, que, a pesar de su ascendencia india, ese país no es su hogar porque no habla ninguno de los dialectos y es incapaz de comunicarse con los de su raza. Ha nacido en Inglaterra, pero no se siente identificado con los blancos y rubios ingleses que salen en los libros de Historia. Es un enamorado de la cultura nipona y ha pasado años en Japón, pero siempre con un visado de turista. Iyer describe la percepción de hogar como el lugar en donde se puede ser uno mismo. La revelación le llegó estando en contacto con la naturaleza y practicando lo que él llama quietud. En su caso, hogar no es sólo donde decides quedarte a dormir, sino que es donde decides permanecer. Hay que reconocer que la idea tiene algo de poesía. Mientras le escucho, pienso en el panorama político actual y en lo perverso que me resulta el discurso que asocia la identidad al sitio en el que has nacido. La ideología nacionalista, sea ésta del bando que sea, es lo contrario al bienestar que genera el hogar, dulce hogar.

Tengo 51 años y sigo sintiendo que mi idea de hogar es, en gran parte, estar con mi madre. Felicidad y plenitud es estar con mis hijos, pero si el hogar es ese espacio donde me siento protegida, mi primer impulso es pensar en ella. Hogar es, también, una mezcla de olores. A jabón y a fogones. Es un jarrón con flores sobre una mesa de madera y una cortina por la que se percibe el sol. Es un sofá, un libro, una película y una siesta larga y sin remordimientos porque debería estar haciendo otra cosa. Es meterme en la cama entre sábanas limpias y un café con leche muy caliente. Hogar es un ancla. Es un referente que me da la seguridad de saber de dónde vengo y la libertad para volar todo lo que quiera porque sé que tengo donde volver. Todo el mundo debería tener uno.

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