Opinión | al azar

El ‘true crime’ es un negocio, no me diga

Rodolfo Sancho, padre de Daniel.

Rodolfo Sancho, padre de Daniel. / EFE

Patricia Ramírez ha conmocionado al Senado fósil con una declaración sobrecogedora, en la que exige reservar para sí misma la memoria de su hijo asesinado hace seis años. La redifusión de lo ocurrido en formato de teleserie obligó a la Madre Coraje a reivindicar públicamente unos derechos mejor protegidos legalmente de lo que pretenden los repentinos descubridores de que el «true crime» es un negocio. No me diga. La curiosidad malsana se da por sobreentendida, porque hay un morbo asumible colectivamente y otro enfermizo, pero la turbiedad permanece en ambas variedades. Por no hablar de los familiares de asesinados que acceden a la recreación de su drama íntimo por motivaciones económicas, sentimentales o de preservación de la memoria histórica de lo sucedido.

En la misma ágora nacional, otro progenitor llamado Rodolfo Sancho recurre a una plataforma de «true crimes» para cobrar en defensa y para pagar al defensor de su hijo, aquí acusado de asesinato. La audiencia es más tolerante porque aprecia atenuantes de popularidad y españolidad, frente a la extranjería de la víctima. Los veredictos contradictorios deberían tranquilizar a quienes ya exigen legislaciones especiales punitivas contra la recreación de acontecimientos, una condición a la que se agarrarán Biden hijo, Trump padre, las familias reales, los cónyuges de primeros ministros y los novios en diverso grado de gobernantes. La salvaguarda de la higiene colectiva exige que sus «true crimes» sean expuestos. O ya que vamos de anglos, los personajes de la farándula enumerados son «fair game».

En su memorable intervención ante el Senado, la madre del niño asesinado denunciaba las facilidades que habría tenido la asesina para intervenir en productos comerciales sobre lo ocurrido. Es decir, recurre a la divulgación de un comportamiento que obligará a dar más de una explicación a las autoridades penitenciarias implicadas. De donde la atención mediática es la mayor garantía de que se cumplirán los compromisos sociales con las víctimas. A cambio, la antes llamada prensa es un huracán que limpia y arrasa indistintamente. La vida tiene efectos secundarios, no me diga.

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