Opinión

Elecciones UE: serios motivos de alarma

Las elecciones europeas no parecen ser relevantes para una mayoría pasiva de ciudadanos europeos que tan solo se siente interpelada por reclamaciones electorales más próximas. Este desinterés se comprende perfectamente porque ha sido fácil percatarse de que lo europeo ha brillado por su ausencia en los discursos de los candidatos. Parece claro que los europeístas no encuentran energías ni tiempo para esforzase en avanzar y que en cambio quienes proponen sin decoro la involución autoritaria actúan con denuedo porque saben que el gran freno a un retroceso democrático está precisamente en la integración europea, que nos recuerda a cada paso que la gran aventura de federalización nació de la necesidad de asegurarse de que nunca más regresarían los totalitarismos que estallaron en la Segunda Guerra Mundial.

Sergio del Molino, en un artículo sobre el auge de la extrema derecha y el fenómeno Alvise, ha señalado con lógica inquietud que «Europa se abraza al monstruo contra el que se levantó el europeísmo» y que «las ultraderechas triunfan —sobre todo, en Francia— tres días después del aniversario del desembarco de Normandía». Lo cierto es que el éxito de la extrema derecha ha sido moderado, que su ascenso ha sido de pequeña cuantía, que sus formaciones siguen siendo muy heterogéneas entre sí y que los grandes vectores europeos de avance apenas tendrán que ser modulados por esta causa. Pero si después de la gran crisis de 2008 fue inteligible el surgimiento de unos populismos que protestaban airadamente contra el establishment por no haber sabido prevenir ni afrontar la catástrofe que nos había empobrecido súbitamente a todos, ahora no se entiende que cuando la ortodoxia ha recuperado cierto pulso, cuando se han regenerado considerablemente las opciones de centro-derecha y de centro-izquierda y cuando incluso se han mitigado las fuerzas radicales que en España brotaron a partir del 15-M, la extrema derecha irrumpa en Occidente enarbolando varios de los lemas que provocaron la gran tragedia de mediados del siglo XX.

En el caso español, es bien evidente que Vox es un hijo oportunista de un PP que nunca consumó el viraje pleno del corporativismo franquista a la democracia liberal (Fraga estaba demasiado involucrado en la dictadura como para convertirse en el fundador cabal de una derecha irreprochablemente abierta y democrática). Y, de hecho, la familiaridad entre PP y Vox es inocultable, aunque ambos intenten disimular. Pero ¿de dónde salen esos otros fenómenos incomprensibles que provienen de influencers que en las redes sociales han conseguido aglutinar a casi un millón de electores en torno a ideas descabelladas, a unas propuestas salvajemente anárquicas, a unas ideas destructivas que convertirán a la mayoría de sus seguidores en seres asociales?

Cuando surgen fenómenos como el de Podemos en su momento, o el de Alvise ahora, además de señalar que nada tienen que ver el uno con el otro es lógico preguntarse por los espacios vacíos que estas formaciones que surgen de la nada han pasado a ocupar. El movimiento del 15-M estaba perfectamente justificado, incluso a juicio de quienes en todo momento seguimos creyendo que la democracia es el más depurado sistema de resolución de conflictos. Pero ¿de dónde salen estos 800.000 seguidores de un charlatán que no ha hilvanado siquiera un discurso y que reduce sus conversaciones a secuencias de monosílabos? ¿Qué déficit en el sistema educativo español puede explicar este dislate? ¿Qué han dejado de hacer los partidos para que tan inmensas muchedumbres deserten de ellos y se pongan en manos de un lunático agresivo?

Las elecciones del 9J han puesto de manifiesto graves deficiencias en muchos de los 27 países que forman la Unión Europea. Y en España, han revelado que nuestra sociedad tiene fracturas desconocidas muy peligrosas que ni siquiera habíamos intuido. No es cuestión de sembrar alarmas infundadas pero sí parece necesario que reflexionemos en torno a esta desagradable y peligrosa realidad.

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