Opinión | DESDE EL SIGLO XX

La indecencia del vicepresidente Antoni Costa no se sanciona

El doble agresor, sexual y a un policía, Juan Antonio Serra Ferrer, ha sido condenado a dos años de cárcel, su protector y amigo, el vicepresidente del Gobierno balear, Antoni Costa, acumula a la indecencia la desvergüenza de seguir en el cargo

La catadura moral de Antoni Costa se constató cuando sabiendo la fechoría que había perpetrado nombró a Juan Antonio Serra Ferrer, que acababa de ser expulsado de la Universidad al conocerse los hechos por los que la Justicia lo ha condenado, gerente de una empresa pública que controla por el cargo que ocupa. Solo procedió a cesarlo en el momento en el que la denuncia presentada por la agredida llegó a los tribunales siendo imputado (investigado) por el juez instructor. Ya tiene condenada firme. Costa solicitó perdón porque, según dijo, no había sido consciente de la gravedad de lo acaecido. Mentira. Lo dejó caer por la repercusión pública del escándalo, porque el Gobierno de la presidenta Marga Prohens no podía permitírselo, que esa, y no otra, era su intención. A Costa, si se le pasó por la cabeza presentar la dimisión, introspección harto dudosa, desechó de inmediato tan peregrina idea. Ni a Prohens exigírsela o cesarlo. Escampará, concluyeron. Conocida la sentencia, resulta que Antoni Costa despacha la cuestión afirmando, con acusada desvergüenza, que exhibe cuál es su condición moral , que Serra Ferrer hace tiempo que ya no está en la Administración. La degradación ética del vicepresidente es tan evidente que de manejarnos en un estado normal de cosas, donde la ética fuera atributo a tener en cuenta, debidamente valorada, el político ibicenco habría desparecido de escena. No sucederá, las dimisiones o las destituciones no se prodigan en el PP del convoluto de Campos que nominalmente controla la señora Prohens. Costa no dimite. No será cesado. A la indecencia se añade la desvergüenza. Tal vez sorprenda que en el PP de Mallorca no haya nadie que se subleve públicamente. Es el silencio de los corderos. Controlan las instituciones. Nada hay que objetar.

Pero no por ello dejaremos de recapitular, una y otra vez, lo ocurrido. Lo haremos aunque la izquierda mallorquina es incapaz, descabezada y abatida, de solicitar las responsabilidades que deberían haberse implementado. La secuencia es la que sigue: Juan Antonio Serra Ferrer abordó en un bar a una mujer, a la que no conocía, procediendo a agredirla sexualmente lamiéndole la cara, tratando de besarla en la boca. La víctima se deshizo como pudo del energúmeno, que emprendió la huida perseguido por un policía, que, al darle alcance, recibió un puñetazo. Paréntesis, sorprende, o no, el bajísimo perfil de los sindicatos policiales, siempre chillones cuando de lo que se trata es de arremeter contra el Gobierno central. Cerrado el paréntesis, prosigamos: la Universidad tiene constancia de la denuncia y expulsa fulminantemente a Serra Ferrer con lo que éste queda sin trabajo. Es entonces cuando interviene Antoni Costa saliendo en ayuda de su amigo. Conocía los detalles de lo acontecido, no fueron obstáculo para que lo colocara adecuadamente remunerado en la gerencia de una empresa pública. Solo se le destituyó cuando era insostenible mantenerlo. Lo demás cae por su propio peso: Costa no dimitió. Solicitó un cínico y no menos hipócrita perdón. Contando con el amparo de la presidenta Prohens dio por zanjado el nimio incidente. «Hace muchos meses que ese señor no está en la Administración». Indecencia. Desvergüenza. No dude Antoni Costa que la factura se le pasará al cobro. Su carrera política está finiquitada, aunque ni él ni sus conmilitones del Gobierno balear se den por enterados. No quieran saber que Costa contrató a sabiendas a un agresor sexual.

Acotación triple chusca.- Marga Prohens no consolida ninguna de las tres plazas a las que optó en el Ayuntamiento de Palma. Suspendidas las oposiciones. No le harán falta.

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