Opinión | Tribuna

Que no como rancho

Billy Wilder.

Billy Wilder. / El Periódico

Hay que ver lo testaruda que es la historia con sus ganas de repetirse, o más bien debiéramos aludir a la vehemencia de algunos en caer en los mismos errores de otros que les han precedió en el desaguisado. Lo digo por eso de ahora de que por parte de algunos, algunas y «algunes», dicen que estudiantes, se exige a las universidades patrias, ya de por si tan depauperadas en su nivel académico, que se rompa toda relación con universidades israelíes, petición a la que por lo que se ve una mayoría de rectores universitarios, que obviamente no tienen otras preocupaciones, no ven con malos ojos.

Es de suponer que si tal sucede ya no podrán mantenerse relaciones académicas, investigativas, de colaboración estudiantil o cualesquiera otras actividades simple y llanamente universitarias llegarán a su fin; quedarán fuera de esa relación instituciones como la universidad de Tel Aviv, número 154 en el ranking mundial, la de Haifa, puesto 180, la Universidad Bar-llan, la Universidad Hebrea de Jerusalem y un sin número de colegios universitarios de no escasa incidencia en ese mundo universitario. Carezco de conocimiento en cuanto a la incidencia de los rectorados de aquellas universidades israelíes, a quienes ya presumo presos del pánico de perder la colaboración de los escolares españoles pertenecientes a nuestras universidades punteras en todo el mundo, si me permiten el sarcasmo, en lo que afecte o no a la intensidad de las actuaciones del IDF o a la llevanza de las operaciones militares en Gaza al igual que ignoró si el ranking mundial de nuestras universidades permiten esas alegrías en despreciar, en frenar cualquier colaboración con esos centros, sean las mismas más o menos provechosas para el curriculum de estos nuestros estudiantes. No me mal entiendan, los estudiantes tienen todo el derecho de protestar, de hecho el gen de la protesta transita fácilmente por las venas del alumno, yo mismo siendo estudiante de licenciatura he participado en huelgas y protestas, cuyos motivos les ahorraré a ustedes para no aburrirles, al tiempo que trato evitar mi desdoro porque algunos de aquellos motivos eran autenticas mamarrachadas que en aquellos días se nos antojaban sublimes actos de justicia.

Pero si los activistas que tal proponen alcanzan sus querencias barrunto que poca o ninguna incidencia tendría ello en lo que sucede en aquellas costas también mediterráneas, por eso he recordado aquel pataleo de miliciano de «que se joda el capitán que yo no como rancho», que como los viejos del lugar saben y conocen define a aquel que realiza una acción inane que solo a él perjudica sin que quien se supone objetivo de aquella se entere de la cuestión. Ya se invento el sistema en la Alemania Nacional Socialista, con igual resultado de privar a las facultades alemanas de todo aquel saber que se perdió, con el destierro y la huida de no pocos profesores de sangre llamada escasamente aria y una multitud de profesionales, estudiosos, artistas y científicos, que si querían evitar el ostracismo, la exclusión social y finalmente el exterminio industrial tan solo les quedaba la vía de la huida, del exilio.

Ciertamente aquella limpieza étnico-intelectual, aquel Juden frei, no reportó a sus perpetradores ventaja alguna, tan solo se quedaron sin el alimento cultural y científico que despreciaban desde su superioridad; sin alimentos investigativos del que se aprovecharon otras academias y que afortunadamente no prestaron ayuda al esfuerzo beligerante de los «expulsantes», quizá fuera lo único parte positivo; igualmente restaron también sin viandas artísticas que disfrutaron, que disfrutamos otros en otros lugares, ahí es nada mi idolatrado Billy Wilder y todos aquellos que al igual que la intelectualidad republicana cargó las pilas culturales de Argentina, Mexico y que en otros lugares también fueron un chute para las culturas de los países que si le acogieron.

Hasta un personaje tan tenebroso como Hitler tuvo un asomo de raciocinio cuando, tras la anexión de Austria, le ofreció al compositor austríaco pero judío Imre Kalman Koppstein, del que era ferviente admirador, el convertirse en ario honorario, oferta que Kalman declinó para luego huir a Estados Unidos y así los sufridos súbditos del déspota se quedaron sin poder disfrutar de su música. Pues eso, que algunos prefieren quedarse sin rancho.

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