Opinión

A propósito de Francis Bacon

Recuperan un cuadro de Francis Bacon valorado en cinco millones de euros robado en 2015.

Recuperan un cuadro de Francis Bacon valorado en cinco millones de euros robado en 2015. / EFE

Está a punto de resolverse (o casi) el robo de arte contemporáneo más importante ocurrido en España. La Brigada de Patrimonio de la Policía Nacional ha localizado esta semana el cuadro de Francis Bacon Estudio para un retrato de José Capelo, 1989, que había sido sustraído en junio de 2015 junto con otros cuatro retratos firmados por el genial pintor irlandés. En su conjunto, el botín usurpado ascendía a 30 millones de euros. El hurto fue perpetrado en el centro de Madrid, cerca del Senado, en un inmueble señorial en cuyo cuarto piso vivía un amigo íntimo del artista, José Capelo Blanco, aprovechando que este se encontraba de viaje en Londres. Tres de los cuadros ya fueron recuperados en 2017, con lo que solo faltaría por rescatar uno. El quinto y último.

Fue un robo de película. La banda también se llevó monedas antiguas, joyas, relojes y supuestamente varios libros firmados por Mario Vargas Llosa. Aunque los atracadores no dejaron rastro en la vivienda, levantaron la liebre al intentar colocar las piezas en el mercado, cinco cuadros muy marcados en un circuito muy pequeño y entendido. En ocasiones, lienzos invendibles como estos se usan en la compraventa de droga. Podría decirse que los ladrones ejecutaron el golpe con maestría, pero luego movieron la presa de manera chapucera, despertando sospechas entre los galeristas a quienes ofrecieron las obras. Un anticuario de Sitges contactó con la base de datos británica Art Loss Register para confirmar la autenticidad: la empresa le informó de que era robado y puso a la policía española sobre la pista vía Interpol. En nueve años de pesquisas, se han efectuado 16 detenciones.

Celebro que se restituya el cuadro a su propietario, José Capelo, un hombre discreto, expareja de Bacon, tal vez el único amante que quiso protegerlo. Disculpará el lector la percha oportunista del robo para hablar de amor y de arte, lo único que trasciende a la quincallería circundante, lo único que de verdad importa y que, sin embargo, va tan escaso en los papeles. La relación con Capelo permitió al dublinés retomar el vínculo con sus pintores admirados, Goya y sobre todo Velázquez, cuya obra estudiaba en el Museo del Prado cada vez que visitaba la capital. Solía hospedarse en el Hotel Palace; trasegaba sus copas en el pub Cock. Bacon, uno de los pintores más cotizados del mundo, un artista total, que me vuela la cabeza, murió en la clínica Ruber de Madrid el 28 de abril de 1992. Asma, el riñón, un infarto.

«Tengo voracidad de vida», decía. Podía haber pasado la noche en un tugurio, dilapidando el tiempo, los dineros y la salud, pero en cuanto clareaba, aun sin haber dormido, volvía al combate en el estudio. Sus cuadros son carne, sangre y esfínter, difíciles, densos, «un aullido a la manera de Munch», escribió Rafael Chirbes, una hondísima comprensión de lo humano, de «la continuidad de lo animal y monstruoso en lo humano» que tan bien probaron el nazismo y la guerra en Europa. Una mirada necesaria. Ojalá los cuadros se queden en España.

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