Opinión | Una ibicenca fuera de Ibiza

Sin mariconadas

En una escena de la saga Torrente, el detective (Santiago Segura) le propone a su compañero de guardia en el coche, Rafi (Javier Cámara), hacerse «unas pajillas». Ante el gesto de estupor, aclara: «Unas pajas, digo. Para darnos un gustillo. Tú me la meneas a mí, yo te la meneo a ti. Es para aliviar tensiones, ¡sin mariconadas, eh! Nada de mariconadas».

Algo de estupor debieron causar también las palabras del papa Francisco el pasado 20 de mayo en el encuentro con los obispos de la Conferencia Episcopal Italiana cuando alguien barajó la posibilidad de relajar las restricciones que vetan la entrada de homosexuales en los seminarios, a lo que el Sumo Pontífice se opuso exclamando «C’è già troppa ‘frociaggine’!» (Ya hay demasiada ‘mariconería’).

Sabrá él de buena tinta qué sucede de puertas adentro del convento, aunque la reunión era privada, la frase se filtró lo mismito que al parecer se filtran ‘maricones’ desoyendo la Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis dictada por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, muchísimo más conocida por el nombre que tuvo en sus inicios: Santa Romana y Universal Inquisición. La posición oficial de la Iglesia desde 2005 indica que «respecto a los actos, la Sagrada Escritura muestra éstos como pecados graves» y, por tanto, «no pueden aprobarse en ningún caso». Y ya en el meollo del asunto, «que la Iglesia, respetando profundamente a las personas en cuestión, no puede admitir al Seminario y a las Órdenes Sagradas a quienes practican la homosexualidad, presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o sostienen la así llamada cultura gay».

Sin embargo, alguno de los obispos reunidos en la sala pecaría de optimismo cuando el año pasado el papa Francisco junto a la antaño Santa Inquisición publicara una novedosa actualización en lo que viene a ser este ‘Manual del clero para dummies’: la licencia para que los sacerdotes católicos pudieran administrar bendiciones a las parejas del mismo sexo, especificando, eso sí, «que para evitar cualquier forma de confusión o de escándalo, esta bendición nunca se realizará al mismo tiempo que los ritos civiles de unión» y no dar a entender que «se reconoce como matrimonio algo que no lo es».

Así que de boca del mismo autor de seísmos anteriores como: «¿Quién soy yo para juzgar?» o «Ser homosexual no es un delito», nos llegaba un comunicado rectificando que «El papa nunca tuvo la intención de ofender o expresarse en términos homofóbicos y pide disculpas a quienes se sintieron ofendidos», a la vez que reitera que «¡En la Iglesia hay lugar para todos, para todos!». Aunque el lugar sea fuera, al parecer.

Poniéndome muy seria, el mismo mes del «C’è già troppa ‘frociaggine’!», en Buenos Aires, tierra natal de Bergoglio, tuvo lugar una desgracia.

El domingo 5 de mayo en una pensión en el barrio de Barracas, Justo Fernando Barrientos decidió quemar vivas a las cuatro mujeres que malvivían compartiendo la habitación de al lado «porque eran lesbianas y no le gustaba eso». Cuando dormían les lanzó un cóctel molotov y se quedó sujetando la puerta para que no pudieran escapar. Murieron Pamela Cobas, Mercedes Figueroa y Andrea Amarante. Esta última, embarazada. Sofía Castro continúa hospitalizada. Durante años Barrientos solo las había insultado llamándolas «engendros», «tortas», pero algo lo envalentonó.

Esa misma semana, el escritor —y amigo de Javier MileiNicolás Márquez se encontraba de gira dando entrevistas en la víspera de la Feria del Libro donde presentaba: Milei, la revolución que no vieron, y en las que aprovechó para esparcir homofobia afirmando, por supuesto, que «la homofobia no existe», sino «conductas objetivamente sanas y conductas objetivamente insanas. Entonces, cuando el Estado promueve, incentiva y financia la homosexualidad, como lo ha hecho hasta la aparición de Javier Milei en escena, está incentivando una conducta autodestructiva».

Al conocer la trágica noticia del asesinato a través de un tuit de la escritora Olga Wornat que compartía una pieza de El País, ‘Las mataron por lesbianas’, Márquez respondía: «Entonces no te hagas lesbiana, así no te matan. Buen motivo para reivindicar la heterosexualidad».

Pero como también creo que en el mundo ¡y hasta en la Iglesia! «Hay lugar para todos», quisiera compartir con mi apreciado Jorge Bergoglio la respuesta que daba a Márquez Manuel Lozano, presidente de la Fundación SÍ:

«Yo no te conozco, Nicolás. No te juzgo. Incluso te diría que hasta puedo entenderte. Porque si yo, que soy homosexual, que lo vivo y lo siento, alguna vez pensé igual que vos, entiendo que no puedas entenderlo. Tampoco voy a pedirte que cambies de opinión. Pero sí quiero pedirte empatía, amorosidad y, sobre todo, responsabilidad. La que tenemos todos los que tenemos el privilegio de tener un micrófono adelante. Porque uno nunca sabe quién está escuchando».

Pues eso, papa, que uno nunca sabe quién está escuchando. Incluso puede... que nos escuche Dios.

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