Opinión | Tribuna

Un viaje de ida y vuelta

Botellas de agua.

Botellas de agua. / SHUTTERSTOCK

El pasado fin de semana estuve en Alemania, visitando a Holger, un buen amigo, el cual nada más llegar a su ciudad, me invitó a dar una vuelta en la histórica Schwebebahn de Wuppertal, el tren colgante con 125 años de antigüedad, una obra maestra de ingeniería. La Schwebebahn es como ir en metro, pero volando.

Al terminar el paseo hacía calor y decidimos comer un helado en una gelateria italiana llamada Istambul. Son contrastes de la Europa actual. Nos sentamos en una de las mesas vacías, manteniendo el cucurucho en la mano. Mientras tanto puse mi botellín de agua sobre la mesa. Siempre lo llevo cuando voy de visitaciudad, como los cruceristas en Mallorca. Al momento el encargado me dijo: oiga, ¡no puede dejar el frasco en la mesa! Sorprendido le pregunté el porqué. Pues porque no ha comprado el agua aquí, me contestó en alemán con acento turco. Obedecí la orden y retiré el botellín. Mientras tanto nuestros helados se fueron fundiendo, goteando en parte sobre la superficie de la mesa y algunas gotas cayeron sin poder evitarlo al suelo del local.

Muriqi

Los alemanes después de las trattorias y pizzerías descubrieron las tapas y los caldos riojanos. Esta noche vamos a cenar en un restaurante típico español, me dijo Holger. Son muy amables y tienen un vino estupendo. El local estaba decorado con banderas españolas, toros de lidia por las paredes y fotos de flamencas bailando, todo muy novedoso. Como disparidad la música ambiental era italiana años 60, cuesta picolissima serenata y otras similares, hijas de la factoría Festival de San Remo. En la oferta culinaria no faltaba de ná, tortilla de patatas, dátiles en bacon, calamares a la andaluza, pescaíto frito, como si estuviéramos en Cádiz.

Nos atendió Rafa en perfecto alemán: Hola, tronco, wie geht es dir? Le dijo a mi amigo. Rafa era de Jaén. Fanático del Real Madrid. Vaya, otro más del Real, no me lo podía creer, sin embargo, están en todas partes. Le pregunté a Rafa desde cuándo tenía el Restaurante y me dijo que no era suyo, sino que el dueño era un albanokosovar. Al cabo de un rato me lo presentó. Me llamo Arjan, me dijo en alemán el dueño, a ver no hablo español, no me hace falta pues todos mis clientes son alemanes. Le dije que era de Mallorca, y él exclamó. ¡Muriqi! Y ya tuvimos tema para hablar, incluido el selfi habitual. Luego Arjan me presentó a todo el personal, el cocinero era albano, la mujer de Ucraina, los pinches de Serbia. No me acuerdo de lo que comí.

Un botellín de agua por 3,75 euros

De regreso a Mallorca la primera emoción que te espera es pasar el tradicional control aeroportuario. Una vez sacados los zapatos, el cinturón, las gafas y el reloj, la cartera, y el teléfono móvil, la chaqueta y abrir el maletín, enseñar mis pertenencias, los artículos de limpieza en una bolsa de plástico transparente y superar además un control antidrogas en el que te restriegan las manos y el maletín, por si fueras consumidor o portador de sustancias cual vulgar Milei, decidí celebrar el éxito de sentirme libre de pecado y me compré un agua de 0,33 l., Quelle Gerolsteiner Naturell, Natriumarm, por 3,75 euros, con 0,25 de depósito por el casco de plástico.

Las lenguas de suegra

Al despegar el avión la gente está seria, parece preocupada, se ven parejas cogiéndose las manos, otros hacen la señal de la cruz o gimen al elevarse la nave. Al contrario, al aterrizar el avión en el AENApuerto los pasajeros aplauden, están jubilosos, es como si su equipo se hubiera salvado del descenso en el último partido de liga.

Al salir del avión, caminando rápido, a ratos cabalgando sobre las cintas mecánicas transportapersonas en dirección EXIT, como de costumbre pude observar las innumerables macetas de color negro, que AENA tiene repartidas por los corredores. Paré y me dirigí a un cuidador de macetas aeniano que estaba quieto cerca de una de ellas, como si esperara a ver crecer la planta. Curioso yo, le pregunté: ¿Cuántas macetas hay en todo el aeropuerto? El hombre me miró como si fuera de otro planeta, respiró largamente y me contestó, no lo sé, son muchas, pero.

Lo cierto es que estas macetas están situadas, a veces interrumpiendo el flujo de personas. En la mayoría de ellas malviven las vulgarmente conocidas como lenguas de suegra («sansevieria trifasciata») planta proveniente del África tropical. Estas plantas están como castigadas por el director, penalizadas sin luz natural, soportando ambientes impropios para su desarrollo. Si yo fuera un vegetal lo último que desearía es que me trasplantaran del vivero a una maceta del aeropuerto. Es prisión permanente hasta morir. Y las lenguas de suegra no hablan ni se quejan, ni tienen representantes sindicales, supongo.