Opinión | La espiral de la libreta

Basado en un crimen real

Candela Peña, en 'El caso Asunta'.

Candela Peña, en 'El caso Asunta'. / MANUEL FERNÁNDEZ-VALDÉS / NETFLIX

La miniserie El caso Asunta, con la versátil actriz Candela Peña en el papel protagonista, se ha convertido en la más vista de Netflix. El producto gusta y engancha, como todas las historias basadas en crímenes reales. Ya saben, Rosario Porto y Alfonso Basterra, un matrimonio gallego, de clase media alta, adoptó a una niña china y llevó una existencia normal —signifique eso lo que signifique— hasta que se les rompió el amor. La cría comenzó a ‘estorbarles’. Tras el hallazgo del cadáver de Asunta, de doce años, en una pista forestal, los padres adoptivos fueron condenados a 18 años por haber sedado y asfixiado a la nena. Parece que la serie reproduce los hechos con bastante fidelidad e invita al espectador a resolver el rompecabezas detectivesco y, sobre todo, a introducirse en los rincones oscuros de la mente humana. El tirón del true crime se basa justo en eso, en el acercamiento a lo inaccesible, en intentar desbrozar el enigma de por qué una persona como el vecino del quinto comete un asesinato tan atroz. ¿Sería yo capaz? Sentir un helor en el espinazo y luego quedarse acurrucado en el sofá, creyendo tu pequeño mundo a salvo.

En la clasificación de Netflix el segundo lugar lo ocupa El Rey del Cachopo, un documental sobre César Román, el cocinero que cumple condena por la muerte y descuartizamiento de su expareja. También se han producido (o están en marcha) series y documentales sobre el crimen de la Guardia Urbana, las niñas de Alcàsser, el asesino de la Baraja y el ‘caso Rodolfo Sancho’. Un auténtico ‘boom’ debido al escalofrío y al hecho de que estas plataformas, en la sociedad del entretenimiento 24 horas al día, necesitan de continuo paletadas de carbón en la caldera, y los crímenes reales vienen con el guion ya hecho, envueltos con el lazo y el celofán del morbo.

Sin embargo, alguien ha pedido un alto en el camino: Patricia Ramírez, la madre de Gabriel Cruz, el pequeño de ocho años asesinado por Ana Julia Quezada, la que era novia de su padre. Patricia suplica que no se permita rodar un documental sobre la muerte de su hijo, en el que estaría participando la asesina confesa desde la cárcel de Brieva (Ávila), el mismo presidio donde se suicidó la madre de Asunta. El debate, pues, está expuesto sobre la mesa con toda su crudeza: ¿debe ponerse límites al true crime? El género lo inauguró Truman Capote con un novelón, A sangre fría (1966), a cuyo éxito contribuyó sin duda el ajusticiamiento en la horca de los dos hombres que masacraron a la familia de granjeros. En puridad, todo es susceptible de ser contado, y en España existe la libertad de creación artística. El quid de la cuestión radica en el cómo del relato y el para qué. Aquí son las plataformas y los guionistas quienes deben trazar sus propias líneas rojas. Desde luego, hurgar en la herida incurable de una madre, violentar su expreso deseo, no parece la tarjeta de presentación más atractiva para una serie. Pero hace tiempo que los senderos vienen bifurcándose en extraños recovecos.

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