Opinión | PENSAMIENTOS
El profeta laico
En la isla tenemos la suerte de contar con un valioso augur (eso sí laico hasta la médula): el juez José Castro

El juez José Castro. / B. Ramon
Decía hace unos días el obispo de Mallorca, Sebastià Taltavull, que, dadas las turbulencias y nieblas actuales, necesitamos nuevos profetas. En la isla tenemos la suerte de contar con un valioso augur (eso sí laico hasta la médula): el juez José Castro.
El magistrado añora su trabajo en el juzgado de instrucción 3 de Palma. Está jubilado desde 2017, pero no para quieto. Hace unas semanas nos obsequió con su segundo libro, El ajedrez de siete piezas, una novela repleta de reflexiones, análisis y valoraciones sobre la España franquista, la Transición y la etapa democrática.
Los siete peones aluden a los otros tantos padres de la Constitución de 1978, que se reunieron ese año en el Parador de Gredos para redactar el anteproyecto de la Carta Magna. El autor usa como escenario ese cónclave. Los personajes son aquellos políticos que, comisionados por sus respectivos partidos, diseñaron la Norma que tanta paz y libertad ha dado a la nación. El tema central es la cocina de la Ley de leyes.
Los protagonistas principales son Jordi Solé Tura, un auténtico alter ego del escritor y que representó al PCE, y Manuel Fraga Iribarne, designado por Alianza Popular y destacado dirigente en las postrimerías de la dictadura.
El jurista disecciona los principales artículos y títulos y con ellos va pergeñando los capítulos. No tiene piedad a la hora de denunciar los numerosos brindis al sol y las contradicciones del texto. Juega con ventaja, porque compara la redacción con el alcance real y con la experiencia de los más de 40 años de vigencia de la Constitución.
La obra es Castro químicamente puro. Lees las páginas y estás oyéndole hablar, con su proverbial sinceridad y campechanía.
El libro, salvando las distancias, recuerda en cierta medida al estilo de Eduardo Mendoza. Hay humor, ironía y estopa para el que se la merezca.
Uno de los asuntos que más inquieta al analista es la incongruencia del artículo 14 que proclama la igualdad de todos los españoles ante la ley y la coraza de impunidad que rodea al Rey. El autor también se duele de que la Monarquía fuera impuesta de tapadillo, frente a otras opciones más racionales como la República.
Como no podía ser de otra manera, la Justicia, sus limitaciones, penurias e impotencias son un asunto estrella. En ese punto, la obra da un giro circense. De las sesiones para diseñar la Ley Fundamental se pasa al caso Wanninkhof, en el que una inocente, Dolores Vázquez, fue encarcelada preventivamente y condenada por un crimen que nunca cometió. Todo el mundo pensó (yo incluido) que era la culpable del asesinato de Rocío Wanninkhof, hija de su excompañera sentimental.
El exjuez no entiende cómo, incumpliendo el artículo 121, esta mujer no ha sido compensada por el Estado por ese palmario error judicial.
El libro pone luz en muchos temas de actualidad, como la amnistía, los indultos, la estructura plurinacional, la emergencia habitacional, etc.
La novela adolece en algunos puntos de falta de agilidad, lo que dificulta su lectura. El lenguaje es algo crudo en ciertos pasajes.
El autor podía haber optado por el ensayo, como vía para difundir sus ideas; también habría podido ceñirse a la exégesis jurídica, caminos ambos de difusión más limitada.
Ha escogido la narrativa, un género más universal, pero que conlleva sus dificultades. Ya prepara su tercera obra.
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