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Opinión

El péndulo del toma y daca

As bestas.

As bestas. / Pedro Coll

A mis dieciocho años me trasladé a Salamanca para estudiar Derecho. Allá llegué siendo seguidor del Real Madrid. Algo pasó, pero al cabo de unos meses me había convertido en fan del Barça (hasta hoy), a la vez que desorientaba a mis padres escribiéndoles cartas en un catalán macarrónico, ese catalán solo hablado de quienes no habíamos tenido la oportunidad de aprender nuestra lengua materna en la escuela. Los que procedíamos de área de habla catalana soportábamos estoicamente la ironía de ser llamados polacos, el caustico latiguillo de la pela es la pela y otras lindezas cansinas. Pero recuerdo de manera muy especial aquella tarde de domingo que fui a la central de Telefónica para cumplir con el rito semanal de llamar a mis padres. Llamar por conferencia tenía su protocolo, podías pasarte una o dos horas, sentado, dando vueltas, leyendo, esperando a que de un altavoz saliera el distorsionado ¡Palma de Mallorca, cabina 4! Una pareja de grises, que parecían miembros de la Gestapo y que mentalmente lo eran, controlaban un orden que nadie en su sano juicio se hubiera atrevido a desordenar. Estando así las cosas de aburridas, me llamó la atención que uno de los uniformados se acercara de manera sigilosa a una de esas cabinas abiertas, que tienen forma de esfera, ocupada por una muchacha a la que solo se veía de hombros para abajo. El ‘gris’ aproximó el oído con la intención de escuchar mejor y de repente golpeó con furia la esfera, por dos veces. Como rayo apareció el rostro aterrado de la estudiante. ¡En cristiano!, vociferó a un palmo de su cara el policía. La muchacha dejó escapar un entrecortado estoy hablando con mi madre… ¡En cristiano he dicho! ¡Joder!

Mi vocación por el Barça de Kubala y Ramallets y el uso de aquel catalán imperfecto que había comenzado a utilizar en las cartas a mi familia, debieron ser motivados por ese acontecimiento. Sin duda, la gota que había desbordado el vaso. Algo en apariencia tan inocente como una simple gota puede desencadenar consecuencias impredecibles

El atentado de Atocha (marzo de 2004) fue un vandálico acto yihadista en represalia por el apoyo de Aznar a la guerra de Irak. El suicida y criminal ataque a las Torres Gemelas solo pudo ser concebido por un odio cerval, acumulado tras una larga cronología de intercambio de agresiones de todo nivel. La respuesta de George Bush, arrasando Bagdad, fue una venganza ciega, propia de ignorantes con poder. Fue la respuesta de USA a la humillación del 11-S, un atentado de autoría saudí… aunque fue a Sadam Hussein y a su pueblo a quienes decidieron hacer pagar el pato. El trío de las Azores se retrató para la Historia con la excusa de una burda mentira. Y la actual masacre en Gaza, por muy brutal y condenable que fuera el ataque inicial de Hamás, generará aún más sed de venganza y violencia. Esperemos sentados las consecuencias y escandalicémonos y clamemos venganza cuando se den.

La venganza es un sentimiento enraizado en el ser humano. Salvo la eliminación total de uno de los contendientes, las venganzas suelen practicarse desde ambos lados en un infinito va y ven. En los casos de Bush (Irak) y Netanyahu (Gaza) superan en mucho la destrucción de las Torres Gemelas y la acción de Hamás del 7 de octubre pasado. Hay que devolver siempre la bofetada por quintuplicado, me dijo un norteamericano. En este enfrentamiento desigual, el islamismo radical adopta tácticas propias de quien se sabe más débil en el cara a cara y usa los métodos de la guerrilla. Se vale de la infiltración social y prepara sus golpes de manera sibilina y cruel. Demasiados vasos desbordados, demasiados lodos tras innecesarios polvos. Va a ser imposible saber qué fue primero, el huevo o la gallina, porque para unos siempre será el huevo y para otros la gallina.

Recuerdo la gratuita manifestación de un alto funcionario del gobierno de Rajoy, durante los desmanes independentistas de 2017: a nosotros no nos importa que los catalanes no se sientan españoles, nos basta con que sepan que lo son. El dedo en el ojo, la prepotencia del que se cree más fuerte, el espíritu provocador del ¡155 y a por ellos!

Ocurre a menudo que un boomerang, lanzado con intención de hacer daño, acaba volviéndose y dándole en la frente al lanzador. No es justicia divina, es el péndulo del toma y daca.

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