El deshielo, de ayer a hoy

Antonio Papell

Antonio Papell

El 27 de octubre de 1977, las generaciones que tratábamos de impulsar la Transición pudimos asistir a un acto sorprendente: en el madrileño Club Siglo XXI, una asociación elitista formada por diversos sectores del mundo conservador, tenía lugar un acto político sin precedentes. El Secretario General del PCE, Santiago Carrillo, recién llegado del exilio y la clandestinidad, pronunció una conferencia titulada Eurocomunismo y Estado. Y el presentador del evento sería Manuel Fraga Iribarne, exministro de Información y Turismo de Franco, halcón falangista del régimen autoritario, en aquel momento líder de una operación encaminada a formar Alianza Popular, partido neofranquista, que desplazase a la exitosa UCD y representara en la futura democracia al hemisferio conservador. El acto en sí era ya una especie de hito transgresor, iconoclasta y hasta revolucionario, y prueba de ello es que se produjeron en el selecto club numerosas dimisiones conservadoras: Gonzalo Fernández de la Mora, Juan García Carrés —antiguo sindicalista que estuvo después involucrado en el 23-F—, Torcuato Luca de Tena —propietario de ABC—, el financiero Lucas María de Oriol, el banquero Pablo Garnica. El periódico El País, que había nacido en mayo del año anterior, daba cuenta de ello en estos términos: «Fraga calificó el encargo de presentar a Carrillo de ‘honroso, aunque difícil’, y resaltó que ‘estamos ante un comunista de pura cepa y, si él me lo permite, de mucho cuidado’». Por su parte, Santiago Carrillo, en una intervención de veinte minutos, analizó el fenómeno eurocomunista con constantes referencias a los problemas políticos actuales. El dirigente del PCE subrayó que en España el diálogo debía sustituir a los fusiles, y los centros de debate, a las trincheras.

En aquel momento se manejaba el concepto ‘modelo de sociedad’ porque estaba muy viva la bipolaridad global entre los escenarios comunista y demoliberal, aunque en Europa occidental el comunismo, que llegó a ser muy potente en Francia y en Italia, ya había abdicado de sus posiciones radicales y se encaminaba hacia el ‘eurocomunismo’ que Carrillo defendió precisamente en aquella célebre intervención. Poco antes, ya en los setenta y en Italia, el secretario general del PCI, Enrico Berlinguer, había enunciado el «compromiso histórico», consistente en la colaboración orgánica entre todos los grandes partidos italianos, Democracia Cristiana, PCI y Partido Socialista Italiano, para lograr el mayor consenso posible en torno a las instituciones democráticas y evitar, mediante políticas reformistas, cualquier tentación de autoritarismo que pudiera surgir.

Pese a aquella polaridad existente, cuyos actores convergían sin embargo en una posición predominantemente moderada y centrista, se consiguió redactar una Constitución capaz de abarcar la mayor parte del abanico parlamentario y de suscitar la práctica unanimidad de las fuerzas presentes. La única organización de relevancia que no quiso comprometerse con aquella Constitución fue Alianza Popular, que dio libertad de voto, y realmente una parte de sus diputados constituyentes se apartó del gran consenso. Fraga, en apariencia un intelectual de altos vuelos, solía fallar en los momentos cruciales de la historia.

Actualmente, estamos viviendo unos años igualmente tensos y crispados, parecidos a los de aquella etapa primigenia en que nos estábamos jugando el ser o no ser, con la amenaza constante de los espadones sobre las cabezas. Sin embargo, hoy se ha mitigado mucho el disenso y hay en España templadas tendencias liberales y socialdemócratas fácilmente conciliables, mientras las formaciones nacionalistas que enmarañan el ambiente parecen dispuestas a plegarse a un proceso de negociación y síntesis. En estas condiciones, se entienden mal los arrebatos de ira descontrolada que asoman de tanto en cuanto en el espacio parlamentario y la incapacidad de los grandes partidos para forjar consensos en los que ni siquiera están en juego sus principios.

Después de muchos meses, Sánchez y Núñez se han sentado a negociar algunos asuntos de singular relevancia. Se ha hablado de un principio de deshielo. Es tal la carga de enemistad que soportamos que todavía no es seguro que lo pactado termine realizándose, pero no hay duda de que PP y PSOE deberían reconducir su relación a un trato razonable, constante y educado. De esta forma, alejarían del foco de la escena a los energúmenos que salen al escenario con la tea encendida.

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