Opinión | TRIBUNA
Bares de copas
Hay algunos sitios en Palma donde aún se puede ir a tomar una copa (o dos) sin tener que escuchar el «atún – con – pan, atún – con – pan....» , tal y como la onomatopéyica Mónica Naranjo expresó para emular el reggaetón, en un conocido show talent de televisión.
Existe un bar de esos que te van recomendando durante meses y desde diferentes círculos. Un clásico bar de copas, no muy grande, con ambientación digna de letra canalla de canción de Sabina, aunque menos castizo. Sus personajes, incluida yo, componíamos la estampa del bar «de toda la vida», aunque el local fuera relativamente reciente. De las almas maduras allí congregadas, tengo serias y fundadísímas sospechas, de que ninguna era menor de 40 años.
Mientras el pop español, principalmente de los 80, más algunos hits internacionales de la época nos acunaban, tomábamos nuestros tragos y soltábamos nuestras risas. Los parroquianos allí reunidos eran de lo más variopinto, pero intuía que había algo en común entre nosotros. Quizás la necesidad de estar en algún lugar donde encajar.
Hombres solitarios mirando al infinito hueco de la entrada del bar, con el codo en la barra, como si esperaran algo que les sacara del congelamiento. Varios grupos de mujeres bailando al son de Amante Bandido, de aquel bello Miquel Bosé de voz aclarada y con sus acordes pasados por algún arreglo de IA. Luego, vino un señor con una camisa Ralph Laurent y jersey fino anudado en la cintura, que bailaba solo como si no hubiera un mañana. Lo bailaba todo, hasta el punto de interpretar la canción de Soy un truhán, soy un señor, de Julio Iglesias, pero con la coreografía de aquel espectáculo de humor del ya mítico Tricicle.
Por supuesto, no podían faltar dos espectaculares «lobonas», como diría mi amiga la madrileña. Dos pesos pluma de edad indescifrable a lo Heather Locklear, con el look de la protagonista de Flashdance habiendo sustituido los calentadores por un par de botas de caña alta hasta el muslo y tacón de aguja fino. Tampoco podían fallar los dos cóndores «imperiales» que estuvieron tonteando con dos mujeres que les dieron esquinazo después de llevarse su dosis de atención y galanteo máximos, momento en el que se aproximaron a nosotras de manera «sutil», por si podían llevarse algo de carroña todavía. (Es lamentable, sí, he dicho carroña, pero es que el cóndor no es un depredador).
El escenario del Jardín de las Delicias se completaba con un grupo de más maduros rejuvenecidos por unas Converse- All star, cuyos cordones uno de esos señores no se podía atar. Y al incorporarse, recorrió dos sinuosísimos pasos hasta la barra, donde el resto de sus congéneres ni se dio cuenta de su regreso al futuro.
Entre los cuerpos había una mujer que contaba un melodrama personal gritado a los oídos de sus acompañantes, quienes por supuesto, para hacerla sentir bien, convinieron en comparsa, en observarnos descaradamente y reírse, hasta imitarnos, en nuestra propia cara. A veces, la crueldad se legitima cuando se es digna de conmiseración.
En definitiva, seguro que volveré. Me gustó el ambiente, la música, y los otros y otras aves rapaces, cómplices nocturnos de aquel bar de copas.
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