LAS CUENTAS DE LA VIDA

Nada volverá a ser igual

Toda la política española se sitúa sobre placas tectónicas

Daniel Capó

Daniel Capó

Pedro Sánchez habló por primera vez sobre la amnistía de los políticos catalanes el pasado sábado ante el Comité Federal del PSOE. Esta intervención supone una línea divisoria: en primer lugar, entre la vieja guardia del Partido Socialista que desarrolló el pacto del 78 –con Felipe González a la cabeza– y los nuevos cuadros que tomaron el poder con la llegada de Rodríguez Zapatero a la Moncloa; pero también entre los barones periféricos –del PSC o del PSE, por poner dos ejemplos– y los más cercanos a una concepción más jacobina del Estado –como sería el caso de Lambán en Aragón o de García-Page en Castilla-La Mancha–. Sin embargo, no son estas las únicas líneas divisorias. La fractura se extiende además al corazón mismo de la comprensión constitucional del país, con el enfrentamiento entre escuelas jurídicas de uno u otro signo –sin que asomen puntos evidentes de encuentro– y entre la derecha y la izquierda –también en el debate público–. Toda la política española se asienta sobre estas placas tectónicas, cuyos efectos sísmicos amenazan con provocar múltiples secuelas.

La primera, y más evidente, es la eventual formación de un gobierno más o menos estable para los próximos cuatros años. ¿Logrará Pedro Sánchez mantener a su partido unido –gracias al infalible pegamento del poder– o la presión de una parte de sus bases surtirá efecto? Y, más importante aún, ¿considerará suficiente el independentismo catalán la propuesta de amnistía, en lugar de un hipotético derecho a la autodeterminación que el PSOE aún no parece haber puesto sobre la mesa? ¿Y qué se va a votar si es que se vota algo en Cataluña?

Nada volverá a ser igual

Nada volverá a ser igual / Ilustración Pablo García

Pero las repercusiones no se quedan aquí, sino que también llegan a la oposición. Porque cabe la posibilidad –en apariencia remota– de que las posiciones se enroquen y no haya acuerdo de investidura. Una nueva convocatoria a las urnas supondría la apertura de una partida de ajedrez completamente distinta, sobre todo para la derecha. Ahí está Vox en el centro de todas las cuestiones. Porque Vox, que nació como una expresión española de los populismos conservadores europeos, se enfrenta ahora a un doble problema: primero, la crisis interna entre sus distintas almas (que, fuera del poder, no logra cohesionar) y, segundo, su escaso calado entre los votantes obreros de izquierdas, al contrario de lo que sucede con formaciones semejantes en muchos otros países. Un Vox que no socava el voto tradicional de la izquierda es un partido molesto para las elites económicas, que ven cómo en nuestro país la división del electorado en la derecha se traduce en mayorías –frágiles, es cierto, pero mayorías– de la izquierda. El principio romano del «divide et impera» sigue hoy tan vigente como antaño.

¿Marcará la amnistía un antes y un después en la política española? Sin duda, tanto si llega a buen término como si naufraga por el camino. En el primer caso, porque consolidaría una gran coalición en contra del centroderecha, al menos hasta que el PNV sea desalojado de Ajuria Enea y la rueda de las alternativas vuelva a girar. En el segundo, porque un eventual fracaso negociador de Sánchez causaría seguramente una enorme crisis interna en el PSOE y activaría de nuevo el modo antisistema de los nacionalismos y de la izquierda radical. Suceda lo que suceda, nada volverá a ser igual.

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