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Matías Vallés

Limón & vinagre

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Miguel Á. Revilla, presidente de Cantabria en funciones: Confundió audiencia con votos

Captura de una intervención de Miguel Ángel Revilla en un progama de Telecinco. EPE

Sería injusto que una vulgar derrota electoral modificara la imagen acuñada por Miguel Ángel Revilla. Pese a haber perdido la presidencia de Cantabria, sigue siendo un pontificador populista pomposo que necesita mil palabras para decir «Buenos días». Su torrencial sentido común ha sido arrasado por «la marea de la derecha», el náufrago se refugia en que ha sido víctima de «un acto de Dios» también llamado Sánchez, todo antes que reconocer el error de haber confundido audiencias televisivas con votos.

El resultado electoral de Cantabria ha sido una sorpresa, en especial para quienes pensaban que Revilla se dedicaba en exclusiva a la televisión, donde debutó en La Clave y presume del padrinazgo de José Luis Balbín. El ideólogo de Pablo Motos, que intercala en una entrevista política su número de intervenciones en el programa de Bertín, ha perdido una cuota sensible de su carisma. Tras la derrota, será tan atractivo para la pantalla como un dirigente de Ciudadanos.

Aquí pace otro profeta expulsado de su tierra, el economista que sacrificó una carrera bancaria por la gloria política «en la comunidad más conservadora de España». El mejor intérprete del español corriente hubiera tenido más éxito en cualquier región distinta de Cantabria, porque «en Madrid no tengo enemigos». Las televisiones de Planeta alumbraron a un ídolo aquejado por el síndrome de Gorbachov, lo aprecian más fuera que dentro.

Revilla presumía de haber estrechado la mano a los casi seiscientos mil habitantes de Cantabria, por no hablar de las numerosas vacas autóctonas que ha ordeñado o acariciado, olvidando que es preferible una cierta distancia de la afición. Aunque el líder dicharachero y campechano que desnudó a Juan Carlos I quedó en estado de shock tras el 28M, es fácil de entender que los votantes hayan sido más duros que los espectadores, criados con una dieta de Sálvame.

Los reconocimientos médicos a que se sometió el octogenario Revilla para presentarse al 28M, y que detalló por encima de lo necesario en sus comparecencias siempre televisivas, no le advirtieron del riesgo de una derrota por inflamación de la personalidad. Ha perdido porque todos los cántabros le conocen, prefieren tenerlo en los platós de Madrid adonde su presidente bajaba como Paco Martínez Soria, con la cesta de productos típicos del terruño. En sus intervenciones en el estudio venían pactadas las menciones siempre ditirámbicas a su geografía de procedencia.

 Me encontré a un cántabro y le solté en tono admirativo:

-Es imposible no sentir ganas de visitar Cantabria, escuchando a Revilla.

-Pues mejor espera a que Revilla no esté en Cantabria.

Por lo visto en urnas, los escépticos tenían razón. El futuro expresidente cántabro ha llevado la política de cercanía demasiado lejos. A media entrevista rigurosamente política, recuerda que sacó cinco millones de espectadores en una comparecencia ante El hormiguero, como si esa multitud se pudiera traducir en sesenta diputados al Congreso.

El Ángel exterminado ha presidido Cantabria durante cuatro legislaturas, con dos mandatos adicionales de vicepresidente. Ningún dirigente autonómico iguala su currículum, pero Revilla prefiere triunfar en la chirigota televisiva. Ha mantenido un duelo personal y también ante las cámaras ubicuas con Abel Caballero, pero el inexplicable alcalde vigués le sobrevive políticamente. En la categoría de octogenarios, también ha perdido la batalla contra Francisco de la Torre, mayorista absoluto el 28M y que se ha garantizado más de un cuarto de siglo en la alcaldía malacitana.

Revilla sintoniza como nadie con quienes no han de votarle, pero se vende como una anomalía. Afronta el retiro en términos de maldición, tendrán que instalarle una cámara en el salón con el piloto encendido, «porque yo no miro al objetivo, soy natural». Está tan pagado de sí mismo, que no hubiera tenido tiempo de escuchar a quien le hubiera advertido de que iba a perder las elecciones.

Con la agilidad del saltimbanqui, el versátil Revilla no necesitó reflexionar sobre la almohada para ofrecer sus apoyos menguantes al PP. La coartada de un dique contra Vox disimula el cambio de ciclo que ha detectado con los sensores de su bigote. Hoy no llamaría «rocoso» a Sánchez, y pondría más énfasis en el fiasco de los trenes demasiado grandes para el tamaño de los túneles de Cantabria, su segunda pasión. Nadie es gracioso para sus familiares, la audiencia televisiva erigida en verdugo tendrá la última palabra. 

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