Al Azar

Todos llevamos átomos de Hitler

Matías Vallés

Matías Vallés

Los tratados de Química advierten pedagógicos que, cada vez que respiramos, ingerimos trece moléculas de oxígeno empleadas por Julio César para pronunciar su «¿tú también, Bruto?» al ser apuñalado. Esta evidencia de los flujos atómicos resulta chocante, pero aceptable con los personajes históricos citados. La perplejidad se torna estupefacción al recordar que, en consecuencia, todos hemos incorporado átomos de Hitler que forman parte de nuestra intimidad más acentuada. Somos polvo de estrellas, pero la bella imagen de las partículas estelares que nos conforman no debe ocultar que han pasado por más manos que una moneda de euro.

La familia del asesinado que acude al juicio del criminal se está impregnando masivamente del material químico de la persona que acabó con su allegado, un contagio atómico. La ciencia discrepa de la memoria histórica, con su concentración en el rescate de los huesos mortales. Lo grave es que un hombre vivo mató a otro hombre vivo y que pretendió humillarlo adicionalmente al enterrarlo en una cuneta, no el aleatorio destino ulterior de los restos. Cada exhumación deja fuera del orden de diez elevado a treinta átomos del ser humano original, equivalentes a millones de ellos para cada tripulante actual del planeta. El problema científico no consiste en distinguir a José Antonio Primo de Rivera de Franco, la ocupación primordial de la historia durante esta semana, sino en diferenciarlos a ambos de cualquiera de los presentes. Entrelazados no, entremezclados.

A escala atómica, la reencarnación es una obviedad. Con todos los respetos para los entusiastas del cuerpo presente, una imagen mental o una fotografía conservan a la persona con mayor exactitud. Está más vigente en el recuerdo, entre otras cosas porque ya permanece, oído al verbo, dentro de sus deudos. El Universo es irreconciliable con las vanas pretensiones humanas, pero no soportaríamos vivir fuera de la ficción protectora que nos hemos construido.

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