¿Desde cuándo las escritoras publican por moda?

Ana Bernal-Triviño

Ana Bernal-Triviño

Al hilo de Sant Jordi y del Día del Libro, leí un artículo donde su autor, si bien reconocía la marginación de las escritoras en la historia y citaba a algunas, mostraba su malestar por «la moda» de las mujeres que «han entrado en tropel en la literatura como si fueran una turba de bisontes (...) a toda velocidad y sin rumbo serio». Reclamaba que con ellas deberían aplicarse los «mismos filtros intelectuales y académicos que sirven para los hombres», entre otras perlas.

Decía Virginia Woolf que en el arte «Anónimo era una mujer». Ahora sabemos que la historia de las mujeres en la literatura fue la de esos nombres anónimos, la de los seudónimos masculinos para ser leídas (desde las hermanas Brontë a J. K. Rowling), la de las parejas que firmaban los textos de sus mujeres (María Lejárraga). Las marginadas en los premios literarios o las «locas» por crear innovadoras narrativas (Agustina González). También las de la «literatura de mujeres» como un género menor, las que vieron a sus exparejas ser aclamadas por textos donde relataban sus violaciones o malos tratos, o las esposas a la sombra de ilustres escritores a los que atendían con comida o limpieza del hogar y, de paso, como secretarias para pasar sus escritos a limpio. Hay tal cantidad de tropelías en la historia hacia las mujeres, y tanto talento robado, que cualquier simplismo revuelve. No por no poder ser criticadas (siempre lo fuimos, y el síndrome de la impostora ya nos lo aplicamos nosotras tras los siglos de desvalorizaciones injustas), sino porque en la historia hay hombres que tienen mucho que callar y poco que dar ejemplo.

La moda, poco seria, siempre ha sido la resistencia en tropel de hombres en la literatura. Ha sido leer a mediocres que se creían reyes por los aplausos y la camaradería masculina. Ese ha sido el afortunado filtro para muchos. ¿Por qué ese baremo alto en nuestras primeras obras solo por ser mujeres? ¿Por qué ni se nos permite la mediocridad, según su juicio? García Lorca no llega a La casa de Bernarda Alba sin el fracaso previo de El maleficio de la mariposa. Si hay buena o mala literatura, poesía o teatro es no por ser hombres o mujeres, sino por un mercado o negocio editorial y una demanda. Un mercado, por cierto, sostenido por mujeres como lectoras principales.

Siempre que se acerca Sant Jordi pienso en cuántas fueron relegadas de escribir o de leer. Cuántas aún ni pueden, desde África a Afganistán. Cuántas me acompañaron y me insistían en la necesidad de leer y escribir como una herramienta afortunada para subsistir. Para muchas, nuestro único premio es publicar y ser leídas, suficiente en un campo de minas. Me alegra ver a mujeres publicar y ocupar ese espacio negado por tantos. Queremos igualdad de talento, igualdad de mediocridad, igualdad de mercado o «moda», igualdad de reconocimiento o igualdad de primar la estupidez en columnistas o escritores. Por las que no pudieron y por las que dieron la cara por nosotras. A estas alturas, menos tutelas, que sabemos nuestro rumbo. Firmado: una bisonta.

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