Una mirada de optimismo

Antonio Papell

Antonio Papell

Dicen los tópicos patrios que una de las características recurrentes del subconsciente español es el pesimismo. Y, en realidad, desde la generación del 98 ha habido muchas más voces que han alertado sobre los males de la patria que portavoces de la modernización, del progreso, de la llamada del futuro. La crisis económica y financiera que estalló en 2008 ha contribuido grandemente a ennegrecer el panorama cotidiano, ya que acabó desembocando en una crisis política que cambió el modelo de representación e introdujo nuevos actores en el abanico parlamentario, para desconcierto general y alarma de los más desprevenidos. Por añadidura, cuando ya estábamos saliendo de aquel pozo, que rompió los ensalmos anteriores y nos convenció de la fragilidad de los buenos presagios, surgió la gran pandemia, que paralizó la recuperación en marcha, generó una mortandad sin precedentes, forzó un largo confinamiento y volvió a sumirnos en otra crisis… Y hoy, ya repuestos de aquellos quebrantos, nos aproximamos a los hitos electorales de 2023 con una disposición tumultuaria y gritona, como si no hubiera que hacer sucesivos esfuerzos de razón y el porvenir quedara fiado a una confrontación vocinglera y ruidosa presidida por la descalificación y el insulto.

La simple lectura de los medios de comunicación y de las redes sociales nos persuadirá de que el clima es torvo y oscuro, aunque más por el dramatismo que todos —los políticos primero— imprimimos al relato que por los motivos que objetivamente podamos argumentar para sostener el pesimismo. Por todo esto, resulta reconfortante leer a algún contado escribidor, como Daniel Innerarity —investigador y catedrático en la UPV, con cumplido reconocimiento en el extranjero—, dispuesto a someter a los lectores de periódicos a un baño de realismo positivo que sitúe la realidad en el lugar que le corresponde, deshaga los tópicos más destructivos y dibuje un cuadro fidedigno de la actualidad, que no es tan desastrosa como algunos afirman y que, al contrario de lo que sugiere el sentir general, ofrece con frecuencia más motivos para el gozo que para el llanto.

En un artículo publicado en Barcelona este fin de semana, Innerarity pasa revista a la situación de la democracia en el mundo en 2021, deteniéndose en el reflujo del autoritarismo en los Estados Unidos con la caída de Trump, cuyos amigos latinoamericanos también perdieron con las victorias de Lula, Petro y Boric. El articulista revisa también la situación de la extrema derecha en Europa, donde alimenta varios regímenes iliberales y ha tomado posesión del poder en Italia. El autor desdramatiza la evolución de este problema y aunque reclama atención intensa para contener estos flujos, asegura, no sin razón, que, al menos en España, los ultras apenas han generado un pobre e inane debate cultural en que lo que realmente se cuestiona es la prohibición de los toros y el tamaño y la profusión de la bandera…

Las grandes cuestiones ideológicas que nuestro país podían haber suscitado, en otras circunstancias, un colosal debate son otras: la ampliación del aborto, la ley sobre transexualidad, la eutanasia, el impuesto a los ricos… Parece claro que la derecha hará en el futuro lo que ella hizo con otras reformas históricas: cuando llegue al poder, mirará hacia otro lado para no frustrar a una clientela que acepta perfectamente la modernización impuesta por la mayoría. No hay en definitiva grandes querellas que susciten reacciones incendiarias: la dialéctica española entre opciones opuestas es llevadera. Y en el terreno económico, resulta tan potente el influjo de Bruselas que no caben heterodoxias. De hecho, gran parte del éxito económico español a pesar de las consecutivas crisis ha sido disponer de una personalidad en el gobierno como Nadia Calviño que proviene del núcleo comunitario y que no solo ha sido fiel transcriptora de las políticas europeas sino que ha contribuido a elaborarlas, dado su ascendiente, en términos de prestigio, en el seno de la Comisión.

Quizá el único elemento que podría abonar cierto pesimismo es la renuencia del PP a cumplir con la Constitución en la renovación de las instituciones. No deberíamos admitir marrullería alguna sobre las reglas de juego que nos sirven para conducir el proceso político. La Constitución —y no solo la letra, también su espíritu— tendría que ser un límite infranqueable para cualquier veleidad.

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