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Pilar Rahola

Pilar Rahola

Escritora y periodista

Pida perdón, señora ministra

La ley del ‘solo sí es sí’ podía ser bienintencionada, pero era defectuosa de origen y podía generar el efecto inverso al que buscaba. Es una chapuza que es inexcusable enmendar

Se llama Mireia, tenía 18 años cuando sufrió un secuestro -encerrada durante horas en la casa de un amigo-, un primer intento de agresión sexual y un segundo, exitoso, en el que fue violada brutalmente. Después de esas horas en el infierno, empezaría un largo camino de miedo, dolor, autodestrucción, lucha, recuperación, resurgimiento y recorrido judicial que quiso explicar en el Fax de 8tv porque, según me dijo, «como víctima tengo una responsabilidad social». Hacía pocos días que había conocido la sentencia: el TSJC reducía la condena de su violador, condenado a 9 años y medio en primera instancia, a solo cuatro años y medio, en parte gracias a la nueva ley Montero. Es decir, lejos de ayudarla como víctima, la ley del solo sí es sí beneficiaba a lo que ella llama «mi monstruo». Y no era un beneficio fruto de la misoginia de los jueces, sino una aplicación, nueva ley en mano, de los derechos del condenado. Es decir, el caso de Mireia certificaba que la ley podía ser bienintencionada, pero era defectuosa de origen y podía generar el efecto inverso al que buscaba: más dolor a las víctimas.

«Me ha fallado el sistema», me dijo. «¿El judicial?» «No, todo el sistema». Y entonces su relato fue un recorrido de quiebras sistémicas que ponen en evidencia la soledad en la que se encuentran las víctimas, pese a la persistente propaganda política. «Primero fui una prueba pericial, y no una víctima», y entonces explicó cómo la llevaron al hospital, la pusieron en un box del sector psiquiátrico, la dejaron allí durante seis horas esperando al forense y cómo la custodiaron dos policías varones, aunque acababa de vivir un trauma de violencia sexual que la tenía aterrada. «Después fui un caso judicial, y no una víctima», y explica los estados de pánico que sufrió cuando tuvo que transitar por los interrogatorios judiciales y por todo el proceso penal. «Después fui una noticia, y no una víctima», y así se acercaron muchos periodistas, más interesados por el titular que por su sufrimiento. «Y ahora he sido una consigna política, y no una víctima», y explica la profunda angustia que le ha provocado la ley Montero, que inicialmente la esperanzó porque aseguraba que defendería a las víctimas, y después ha significado un nuevo capítulo de dolor.

Ella había hecho todo lo que le pedía la sociedad, denunciar al agresor, defender su verdad pese al miedo y conseguir que los jueces certificaran la autenticidad de los hechos. Y cuando ya había transitado por todo ese proceso doloroso, una decisión política la volvía a derrumbar, privilegiando a su torturador.

Al menos, unas disculpas. Al preguntarle qué le diría a la ministra Montero, a raíz de lo ocurrido, su respuesta no es estridente, sino elegante. Reproduzco la respuesta íntegra, por la importancia que tiene ese llamamiento de una víctima de violación que acaba de sufrir las consecuencias de una ley que, lejos de protegerla, nuevamente la agrede: «A mí me gustaría pedir y, de hecho, creo que estoy en derecho a exigir, unas disculpas. Unas disculpas porque nos habéis mentido. No dudo que la intención de la ley fuera buena, pero nos habéis mentido diciendo que esto no pasaría. Y nos han vendido un mundo muy idílico del que el sistema te ayuda, y haz una ley para que vaya mejor, y resulta que salgo más malparada que antes. Después de todo el calvario que he tenido que pasar, usted me está mintiendo sobre una realidad que yo estoy viviendo, y encima se cree con derecho a hablar de mis sentimientos y hablar de la víctima para hacer populismo. Usted me dice que lo que estoy pasando es mentira, cuando es muy duro; no puede mentirme sobre una realidad tan bestia. Al menos, unas disculpas».

Después de la violación dejó los estudios, la carrera deportiva -campeona del mundo de patinaje artístico-, los amigos, e inició un descenso a la oscuridad del que ha salido gracias a la familia, a la ayuda psicológica y a su extraordinaria fuerza interior. Mireia ya no es una víctima, sino una superviviente, con un coraje y un sentido de responsabilidad impresionantes. El sentido que no tuvo una ministra más preocupada por la medalla feminista que quería ponerse que por hacer bien el trabajo. La ley es una chapuza. Las disculpas son obligadas. La reforma de la ley, inexcusable. El silencio y el mantenimiento del error, una inmoralidad.

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