La reciente feria de ganado, en la que pretendidamente se seleccionaban auxiliares de vuelo femeninas, ha evidenciado e incorporado nuevas formas de humillación a la mujer. Entre las necesarias muestras de repulsa suscitadas, un importante medio de comunicación recogió las declaraciones de un representante sindical del sector que, exponiendo la falta de conciencia de género, rechazaba tales prácticas, ampliándolas a requerimientos específicos de algunas compañías aéreas —solo— a sus empleadas. Lo concretó en la exigencia de maquillaje y en determinadas prendas de vestir que, además, deben costearse ellas mismas. Hasta aquí perfecto, salvo el momento en que, en perjuicio de los varones, cuestionó la diferencia de altura mínima exigida a las mujeres para ser auxiliares de vuelo. Señaló como habitual 1,75 para ellos y 1,65 metros para ellas, y criticó tal situación.

La exigencia mínima de estatura es necesaria por seguridad, al tener que acceder a objetos elevados en el avión. Una vez establecida, incuestionablemente, se les debe exigir una mayor altura a los hombres. Su cifra promedio es superior a la de las mujeres, de modo que exigir la misma altura es tratar igual a los diferentes, e —incansablemente— discriminar indirectamente a las mujeres. Cabe recordar que no parece ser el caso de las compañías, pero sí es la —preocupante— opinión de un varón cualificado, así como la falta de réplica puntual o ulterior de los profesionales que lo escucharon.

En diferente sentido, la Guardia Civil, en los exámenes de acceso a la institución, exige, en las pruebas físicas a las mujeres, marcas inferiores que a los hombres. Esta ecuánime corrección que científicamente pretende la equidad, fue también preocupantemente cuestionada en prensa el pasado año por una joven oficial de la benemérita. A día de hoy el Ministerio del Interior prevé, para aumentar la plantilla de mujeres, disminuir la exigencia teórica, bonificando de algún modo la nota de examen. La medida está generando una significativa controversia, a la cual me quiero sumar. Las medias estadísticas relacionadas con la mayor altura y capacidad física del varón se vienen corrigiendo, a pesar de las dos perjudiciales opiniones nombradas anteriormente y de lo que, aún, muchas personas de ambos sexos —erróneamente— sostienen. Sin embargo, esa diferencia física nada tiene que ver con la mental. Resulta, me atrevo a decir, hasta humillante subvertir la capacidad intelectual de la mujer. En cierta ocasión, en una oposición con previsión de esa peculiaridad bonificadora, una compañera de mando policial, tras aprobar brillantemente su oposición por delante de muchos compañeros, me confesó que, de haber obtenido la plaza por ese método —por justicia— jamás hubiera accedido al cargo. ¿Hay que favorecer la inclusión de mujeres en la Guardia Civil? Incuestionablemente, y también en cualquier otro ámbito que, como mínimo garantice la igualdad. ¿Ejemplos? En este caso y no solo en él: se podría garantizar permanencia o selección de destino geográfico; medidas efectivas de conciliación sobre sus realidades (menores y ancianos); elección de periodos de vacaciones y días libres; incorporar la perspectiva de género fisiológicamente (a la gestación y lactancia materna, en particular) y en cuanto a formación, acceso a especialidades y ascensos; instalaciones adecuadas, así como contemplar cualquier otro hándicap laboral relacionado con el hecho de ser mujer. ¿Se ha estudiado la posibilidad de ofrecer a las mujeres —en general— mayor salario? Tal vez sería un buen estímulo para equilibrar plantillas. No es que lo proponga, pero así la Administración no tendría que gastar demasiadas neuronas en paliar tanta injusticia, y al menos a base de dinero las mujeres lo tendrían un poco más fácil.