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Felipe Armendariz

PENSAMIENTOS

Felipe Armendáriz

Rafael Perera y el derecho de defensa

Todos, el criminal más abyecto, el político más facineroso o el estafador más despiadado tienen derecho a su defensa jurídica. Rafael Perera Mezquida lo sabía, lo supo siempre y durante siete décadas se dedicó a ello en cuerpo y alma.

Esto que parece una obviedad, que es de primero de Constitución, no parece tan claro en estos tiempos confusos. Muchas personas condenan a golpe de telediario o de redes sociales. Cada español tiene en su interior un árbitro de fútbol, un entrenador de la selección y un juez del Tribunal Supremo.

¡Cómo nos gusta aplastar, silenciar, encerrar y hasta quitar del medio a aquellos cuya culpabilidad presumimos sin haberlos escuchado y sin ningún tipo de garantías procesales!

Crucifícale, crucifícale, gritamos histéricos, sin tiempo a que la Justicia tome cartas en el asunto e inicie un lento camino ajustado a derecho. Afortunadamente existen hombres como Perera, que fue un auténtico SAMUR, un letrado eternamente de guardia y al servicio de grandes y pequeños supuestos (siempre, siempre presuntos) delincuentes.

Ya podía ser grande el desaguisado, tremendo el destrozo, terribles sus consecuencias, que él acudía presto en ayuda. Estudiaba rápidamente el caso con su mente privilegiada, consolaba al reo y empezaba los primeros auxilios. Mas el abogado aplicaba una terapia a largo plazo, un remedio para, si no sanar al procesado, aminorar las consecuencias de sus actos u omisiones.

Y todos esos tratamientos los brindaba con una extrema educación, con un inconmensurable respeto a los presentes y ausentes. A veces, algunos envidiosos, criticaban las exquisitas maneras del penalista cuando se dirigía a funcionarios, jueces, fiscales, testigos, imputados, y hasta los periodistas. Le acusaban de ser un pelota y un paradigma de abogado decadente. Se equivocaban: Rafael tenía modales de la vieja escuela, pero ganaba los pleitos y nunca ofendía.

En mis casi cuarenta años de vivencias compartidas pocas veces lo vi crispado o enfadado. Si en ocasiones se encendía un poco era por pundonor torero. Por mejor amparar a sus representados.

Nuestro jurista poseía la virtud de hacer parecer fáciles las cosas complejas. Despejaba las nieblas y aportaba una versión diferente de los hechos o una valoración alternativa de sus consecuencias. Eso es el derecho de defensa: no conformarse con las tesis de la fiscalía o la Policía; plantear otras opciones y dejar que los tribunales decidan.

Perera era un alquimista que reducía a una sola molécula situaciones complejísimas. Conseguía la píldora jurídica para sanar al enfermo. Así salvó en 1994 al entonces president del Govern y del Partido Popular de Balears Gabriel Cañellas que tenía un depósito más que oscuro en la agencia de valores Brokerval.

El president poseía a su nombre una cuenta de 4,6 millones de pesetas. Era un dinero sospechoso (más tarde se supo que era parte de un soborno de la Compañía Concesionaria del Túnel de Sóller). Rafael remedió el entuerto con una sola palabra. Dijo que aquellos millones eran un «raconet», un «rinconcito» de las finanzas de la desaparecida Alianza Popular, calderilla para emergencias. Y a Cañellas no le pasó nada.

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