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2022 arrancó con el estallido de la guerra en Europa y terminará sin que se haya cumplido ninguna de las profecías que en aquel momento se hicieron. La concentración de fuerzas militares rusas en la frontera con Ucrania y los múltiples frentes abiertos en la ofensiva inicial presagiaban una inminente derrota del país balcánico. Nos equivocamos. A continuación se aprobó una batería de medidas económicas con el objetivo de provocar el colapso financiero de Moscú. Se hablaba entonces de semanas, de meses a lo sumo, antes de asistir a la caída definitiva de la economía rusa. ¿Y qué sucedió? Nada especialmente relevante. Es cierto que la inflación se incrementó –sólo un poquito más que la europea– y que el PIB cayó, pero mucho menos de lo que se pronosticaba. Nada que ver, por ejemplo, con el desplome de la economía griega durante la gran crisis de 2011. Nada que amenace realmente el futuro de Vladimir Putin. Por otra parte, el uso de tecnología occidental ha permitido al ejército ucraniano recuperar parte del territorio perdido y evidenciar las enormes carencias militares de Rusia, más significativas de lo que creían los expertos. ¿Será igual de ineficiente el ejército chino? A día de hoy, la superioridad tecnológica parece el factor clave que explica los éxitos y los fracasos de una nación.

2023 arranca, en cambio, con la narrativa opuesta. Ahora se espera la victoria de Ucrania una vez el invierno deje paso a la primavera y los combates se reanuden. Quizás nos volvamos a equivocar. Pero resulta muy difícil pensar que Moscú vaya a aceptar una resolución que sea interpretada en clave de derrota. Se diría que la misma supervivencia de Rusia –un imperio conformado por múltiples naciones, credos y etnias– depende de la persistencia de un mito: el de la indestructibilidad del país. Es probable que, a día de hoy, Putin ya sea consciente del error que ha cometido. Pero sabe igualmente que la derrota supondría un error más grave. Y para evitarlo –además del apoyo chino e iraní– cuenta con los elementos tradicionales de su histórica imbatibilidad: la extensión casi infinita de su territorio, sus recursos naturales y el factor demográfico. Y también cuenta –como una amenaza siempre latente– con el botón nuclear.

Para Europa, la guerra de Ucrania supone una amenaza considerable, en términos económicos, civiles y de seguridad interior. La experiencia escocesa y catalana demuestran hasta qué punto Moscú ha pretendido desestabilizar el continente partiendo de una falsa concepción de la democracia. El desgaste que provoca la inflación no sólo afecta al bolsillo de los ciudadanos, sino que reduce la competitividad de la gran industria europea, forzando su deslocalización. Nadie conoce el futuro, pero Rusia juega a la paciencia –como ha hecho siempre–, mientras que la Unión se entrega a la zozobra y la ansiedad.

2022, además del año de Ucrania, ha sido también el del fin –aparente– de la pandemia, la victoria de Messi y la llegada a nuestras vidas de la Inteligencia Artificial. También ha sido el año en el que hemos visto crecer las tensiones en el Parlamento español y en el que Elon Musk ha comprado Twitter y empezado a publicar sus dosieres secretos. No esperemos mucho de 2023: son suficientes los afanes que nos trae cada día. Feliz año.

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