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Presidenta del Congreso de los diputados

Jorge Fauró

Limón & vinagre | Meritxell Batet:

Meritxell Batet, el pasado jueves, en el Congreso de los Diputados en Madrid. Javier Lizon / EFE

Tiene este Congreso de los Diputados de la decimocuarta legislatura algo de arrabal, de sitio extremo, de cenáculo tabernario de ideas de escaso fuste, de conciliábulo de diletantes aficionados a la bronca, más de populacho que de representantes del pueblo, que atisba más allá de los leones de Ponzano un espectáculo impropio de sus señorías, entretenidos en la pelotera y el alboroto. Lo fácil es llamarlo circo, aunque por circo guardamos en nuestra memoria los años felices de la infancia, las humoradas del payaso triste y el coraje del domador. Si circo lo llamamos, aunque de forma impropia, Meritxell Batet (Barcelona, 49 años) es la maestra de ceremonias, la jefa de esta carpa de una sola pista donde, a tenor del espectáculo del último mes, no abundan los payasos, pues gracia no hacen, y proliferan las fieras, de las que se espera que lleguen domesticadas cuando toca su número y de las que jamás debe fiarse el domador.

Batet es la tercera autoridad del Reino de España, después del Rey y del presidente del Gobierno, y en virtud de esa jerarquía, se espera de su rango, no ya que ejerza con mano de hierro frente a la algarada, aunque sí cierta auctoritas. Si alguna tenía, acaba de perderla entre perla y perla de un debate barriobajero permitido con laxitud, lastrado por la violencia verbal de algunos diputados y diputadas, tornando en permisividad lo que el reglamento del Congreso establece como norma y que a ojos de la ciudadanía reduce la interpretación de la política al sofisma clásico de «todos son iguales». Batet ha pedido a los grupos ‘autorregulación’ en sus intervenciones, lo que a estas alturas es como reclamar moderación a los contertulios de Sálvame.

En beneficio de la presidenta del Congreso, a Meritxell Batet le ha tocado bregar con la peor representación popular de la democracia desde la Transición, la más preparada y, sin embargo, la menos educada, una generación de diputados y diputadas donde abunda la barra brava, carente de filtro, sin la solidez en la retaguardia de los gobiernos de González o el primero de Aznar, sin referentes en la oposición con la profundidad discursiva de un Rubalcaba, de un Santiago Carrillo e incluso de un Manuel Fraga. En suma, una camada que se emplea en el Congreso como quien se expresa en una red social y se resiste a mirarse en el espejo de antecesores como Miquel Roca, Bandrés o Anguita, cuyos escaños con derecho a parlamentar desde la tribuna ocupan hoy sustitutos con querencia al navajeo.

Pero esto no exime a Batet de atajar sin miramientos la disputa de bajos fondos en que algunos y algunas han convertido la dialéctica parlamentaria. Al igual que ella, otros predecesores suyos jamás lo tuvieron fácil bajo la bóveda del hemiciclo. Luisa Fernanda Rudi, del PP, se vio incapaz de frenar la estampida de su propio grupo parlamentario, en el gobierno, que pedía la dimisión del entonces portavoz del PSOE, Jesús Caldera; Manuel Marín (PSOE), amenazó con la suspensión del pleno si no cesaba el alboroto; el también socialista Félix Pons expulsó del recinto a los tres diputados de Herri Batasuna que juraron el cargo «por imperativo legal»; José Bono, Federico Trillo o Gregorio Peces-Barba las tuvieron de todos los colores contra las bancadas de diputados en épocas de la historia de España tanto o más antipáticas que la actual.

La visceralidad con que se han desarrollado las últimas refriegas en el Congreso, con los exabruptos de Vox contra Irene Montero y al día siguiente de ésta contra toda la derecha, y la retirada del diario de sesiones de expresiones como ‘filoetarras’, ‘monarquía corrupta’ o ‘fascista’ (esta debe contabilizarse en el haber del presidente en funciones de la Mesa, en ausencia de Batet), ha puesto a la jurista barcelonesa en el ojo del huracán de la mayoría de la oposición, pero también de Unidas Podemos, el principal socio de gobierno de Pedro Sánchez, que acusa a Batet de retirar sin aviso previo la acusación de Irene Montero contra el PP de «promover la cultura de la violación».

La animadversión de Podemos hacia Meritxell Batet arrancó hace más de un año, cuando obligó a renunciar al escaño al diputado Alberto Rodríguez, y continúa a día de hoy, con sus representantes en el Congreso cuestionando la libertad de expresión y Pablo Iglesias azuzando desde fuera y exigiendo su dimisión, prueba irrefutable de que la jefa de pista del circo no debe cuidarse únicamente de lo que puedan decir los payasos, sino de los leones dispuestos a devorarla.

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