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ARENAS MOVEDIZAS

Jorge Fauró

Un blanqueo inútil, un boicot inútil

El Mundial es uno más de la larga lista de eventos deportivos destinados a mejorar, sin éxito, la reputación de una dictadura

Un aficionado estadounidense con un brazalete arcoíris es expulsado del partido Irán-EE UU, el martes. Glyn Kirk / AFP

La celebración de la fase final de la Copa del Mundo de Fútbol en Catar continúa levantando polvareda. No hay día sin informaciones ligadas a la inoportunidad de que el principal acontecimiento futbolístico del mundo y el segundo campeonato en relevancia después de unos Juegos Olímpicos se celebre en un país que no respeta los derechos humanos, persigue la libertad sexual o cercena sistemáticamente los derechos de las mujeres. Tampoco hay tregua en las redes sociales. Mientras usted lee esto, alguien en algún lugar del planeta armado con un teléfono móvil está redactando un tuit sobre los derechos LGTBIQ+ en el país anfitrión o sobre la cantidad de trabajadores que han fallecido en la construcción de los ocho estadios que acogen los partidos de los combinados nacionales. Entre las miles de reacciones en contra de la designación de Catar se cuelan revelaciones que ya apenas inquietan a la audiencia y que relacionan la elección del país con sobornos, pagos millonarios investigados por los fiscales de EE UU y el tufo a putrefacción a que nos tiene acostumbrados la FIFA. Nada que deba preocupar a los organizadores de cara a las reacciones del aficionado, que tolera estas corruptelas y las pasa a un segundo o tercer plano entre gol y gol de Messi o Cristiano.

Así pues, tenemos por un lado un intento de blanqueo hacia el Estado catarí que se demuestra tan inútil como las llamadas al boicot. Después del Mundial, Catar continuará siendo para el resto del mundo lo que era antes de la inauguración y los intentos por desacreditar el torneo se habrán mostrado irrelevantes a medida que Japón daba la sorpresa ganando a Alemania, España goleaba a Costa Rica y Cristiano y Messi mantienen una competición paralela para determinar cuál de las dos estrellas crepusculares quedará por encima de la otra cuando el país asiático apague las luces de los estadios el 18 de diciembre. Ha hecho más la selección de Irán por captar la atención sobre la falta de libertades de su país, con la negativa de sus jugadores a entonar el himno, que el indignado Occidente al no atreverse a lucir brazaletes con la bandera arcoíris bajo la amenaza de tarjeta amarilla. De Catar quedarán los goles y el nombre del campeón. De la consideración del Estado árabe en el resto del mundo no se espera avance alguno. El Mundial de fútbol representa la perífrasis que completa la frase de «que todo cambie para que todo siga igual».

Existe un anglicismo que define decisiones como la de que Catar albergue un evento de estas características. Lo llaman sportwashing y hace referencia a las prácticas utilizadas, en este caso por un Estado soberano, para usar el deporte en pos de mejorar una reputación infame. No es nuevo. Intentos similares de lavado de imagen se cuentan a cientos entre los siglos XX y XXI, desde los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, con Adolf Hitler en el poder, al Mundial de Argentina presidido por la vergonzosa Junta Militar luego condenada. Pero también ocurrió en aquellos JJOO de Moscú de 1980 boicoteados por EE UU y otros países occidentales, que de nada sirvieron a la extinta Unión Soviética para mejorar su reputación y de los que salieron entronizados Sebastian Coe o Steve Ovett. O los siguientes en Los Ángeles, a los que tampoco acudió la URSS y en los que Carl Lewis inició el camino de entrada en el Olimpo al igualar el récord de salto de Jesse Owens, precisamente en aquel Berlín del 36. Muy poco ha mejorado la percepción exterior de China tras los Juegos de Pekín o la de Arabia Saudí, por mucho que la Federación Española de Fútbol se lleve allí la Supercopa. Y en todos ellos hubo llamadas al boicot que de nada sirvieron y de las que ya nadie se acuerda.

El blanqueo es infructuoso y el boicot también. En el deporte y en muchas otras disciplinas. ¿Alguien ha destronado a Michael Jackson como rey del pop pese a las evidencias de pedofilia? ¿Ha dejado El Cigala de ofrecer actuaciones o aparecer en televisión pese a las denuncias por violencia de género? ¿Dejó Roman Polanski de pasear por alfombras rojas pese a tener prohibida la entrada en EE UU por abusar presuntamente de una niña de 13 años? Y es, precisamente, en ese equilibrio diabólico, donde se construye la historia, sobre ese filo peligroso en el que se enfrentan los héroes y los villanos, o donde ambos acaban conviviendo en el mismo acontecimiento, en las mismas personas.

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