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Matías Vallés

La herida global de la covid es muy grave

La audiencia mira a otra parte, mientras la elevada mortalidad inexplicada o inexplicable que ha seguido a la pandemia amenaza los logros en esperanza de vida

Jared Diamond es uno de los tecnogurús que fascinan a quienes también creen a pies juntillas en las cripotomonedas, y en el crecimiento hasta el infinito de Facebook o Twitter. El profesor bostoniano acuñó durante la pandemia un revelador adagio porcentual, «el coronavirus puede matar a un dos por ciento de la humanidad, pero el cambio climático puede acabar con el género humano».

Pese a su contenido apocalíptico, la ecuación tenía un efecto tranquilizador. Siempre se puede empeorar, pero la invocación del cambio climático supone en realidad una maniobra de diversión, desviaba la atención de una encrucijada peligrosa y todavía no solventada. En estos tiempos en que las conspiraciones más peligrosas se producen a cielo abierto, ¿qué pasaría si la covid es lo peor que le podría ocurrir a la supervivencia de los seres humanos?

Los historiadores más atrevidos recordaron en pleno fragor del coronavirus que la pandemia no acabaría por la desaparición de su agente provocador, sino en cuanto la audiencia cambiara de canal por aburrimiento. El intervalo de atención del ser humano se ha acortado hasta niveles escalofriantes, pero el desinterés sucesivo es un mecanismo de supervivencia. Los proponentes de la teoría de mirar a otra parte se basaban en las grandes gripes, de un siglo atrás y de la década de los cincuenta. En todos estos casos, la mortalidad fue más acusada en los años posteriores a los que abarcan presuntamente los embates.

Este texto se va acercando con demasiada sinuosidad a su titular, pero necesita antes otra estadística. A principios de 2020, con la pandemia recién iniciada y el aliento mundial contenido, Goldman Sachs llevó a cabo una desapasionada pero certera predicción de los efectos que tendría un coronavirus que casi no había iniciado su peripecia. Los analistas financieros hablaban de la mitad de contagios prácticamente asintomáticos, de otro veinticinco por ciento que se ajustarían al sobado «como una gripe», de un veinte por ciento que necesitarían algún tipo de internamiento hospitalario y de un cinco en cuidados intensivos, segmento del que surgiría la mayoría de los desgraciados fallecimientos.

Los márgenes delimitados con sangre fría se han cumplido, pero uno de los errores en el examen de los efectos de la covid se cifra en concentrarse exclusivamente en las defunciones. La contabilidad que suministraban las instituciones públicas discernía entre muertos y recuperados, presuponiendo una curación total. Esta cábala ha resultado falsa, más allá incluso de los daños evidentes causados por la covid de larga duración.

Ya puede acometerse el titular, con un grado de fiabilidad aceptable. La herida global de la covid es muy grave. Sin alcanzar los estragos previsibles de un cambio climático que abriera las compuertas de los termostatos planetarios, la humanidad ha quedado colectivamente malherida por el virus. La audiencia mira a otra parte como si no hubiera futuro, o como si solo hubiera futuro. Al mismo tiempo, la pandemia ha sido prolongada por una elevada mortalidad inexplicada o inexplicable, que en España se eleva a decenas de miles de fallecimientos por encima de los registrados durante la pandemia.

Durante la pandemia, se consideraban irracionales los abordajes llevados a cabo por Suecia o forzados hasta el límite de la tolerancia estatal por la Comunidad de Madrid. La política de Díaz Ayuso convirtió a su capital en meca del ocio europeo y pudo resultar mercantilmente impecable, pero la covid también conllevó en su feudo una pérdida inicial de tres años en la esperanza de vida, un golpe brutal a la salud pública.

El despertar de la pandemia amenaza ahora en todo el mundo un siglo de avances en longevidad. La relación causal será difícil de establecer. A punto de su jubilación como gurú epidemiológico durante los últimos cuarenta años, Anthony Fauci todavía no se atreve a desmentir que el coronavirus se originara en un laboratorio chino, aunque concede una probabilidad ínfima a la hipótesis del error humano.

Si la covid no es una gripe, tampoco se sale de ella como de una gripe. El castigo y las secuelas empeoran las previsiones de quienes se envanecían de salvar vidas, como si fuera un logro personal. No es descabellado estimar que la humanidad en su conjunto ha reducido entre un dos y un tres por ciento su performance, sin necesidad de recurrir al daño provocado por la desatención a otras enfermedades graves. Con este impacto porcentual, la covid sería una catástrofe sin precedentes. Para empezar, los humanos están menos preparados en esa proporción para afrontar la próxima pandemia.

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