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Antonio Tarabini

Entrebancs

Antonio Tarabini

Soluciones viejas a problemas nuevos

La naturaleza de las múltiples y complejas crisis que nos afectan nos obligan a abordar los problemas de otra manera, más anticipatoria, transnacional, colaborativa y horizontal; nos están recordando la necesidad de pensar en una nueva manera de hacer política que sea más receptiva para las formas inéditas que tendrá que adoptar una sociedad que se hace cada vez más imprevisible. Como aviso para navegantes, estas reflexiones están fundamentadas en los inputs argumentales de Daniel Innerarity.

Las democracias tienen dificultades prácticas para la gestión de los conflictos, pero no porque sean democráticas, sino porque están diseñadas para un mundo que en buena parte ya no existe. A diferencia de otras épocas de la historia, vivimos hoy en una sociedad que está asediada por enemigos exteriores y también por autoamenazas. Se trata de las consecuencias políticas y socio/económicas (crisis energética, inflación descontrolada…) provocadas por la guerra en Ucrania provocada por la Rusia de Putin; y otras amenazas como las derivadas de la pandemia, la crisis climática, inundaciones, incendios y sequías que de alguna manera son el resultado de nuestro modo de vida. Aumenta una sensación de descontrol sobre el mundo, que parece discurrir al margen de nuestra voluntad política de nuestra capacidad para gobernarlo, llevar a cabo las transformaciones necesarias, limitar los riesgos y equilibrar su desarrollo.

Hoy nos encontramos en una constelación muy distinta de la época gloriosa de los Estados nacionales, pese a los intentos nostálgicos por recuperar aquella congruencia. Nuestras crisis sociales son ejemplos: externalidades medioambientales incontrolables, gobiernos que no pueden controlar el precio de la electricidad, poderes ejecutivos que son directamente desafiados por las autoridades judiciales cuando decretan estados de alarma para las crisis sanitarias, una cogobernanza que no es capaz de conseguir la unidad necesaria respetando al mismo tiempo la pluralidad institucional.

El problema al que hoy nos enfrentamos podría formularse así: ¿cómo restablecer una coherencia entre todas esas dimensiones actualmente enfrentadas sin sacrificar las conquistas de libertad ; sabiendo que ya no podemos contar con autoridades incontestables capaces de unificarlo todo? Descendiendo a casos concretos: ¿cómo traducir evidencias científicas en medidas políticas que consigan una mayoría parlamentaria y, sobre todo, que sean comprendidas por la población? ¿De qué modo equilibrar los imperativos ecológicos, la equidad e igualdad de oportunidades, con productividad económica?

La mayor parte de nuestras crisis están causadas porque lo que en su momento fue una conquista de la modernidad (la libertad de comerciar, producir, cuestionar, desplazarse) se ha convertido en algo disparatado que no atiende a sus posibles consecuencias negativas, como la explotación, la contaminación o la desconfianza. Sabemos que los mercados han resuelto grandes problemas pero han creado otros, como los relativos al medio ambiente; que la democracia es un gran invento en lo que se refiere a la toma de decisiones públicas, pero que no nos libra de algunos errores colectivos. No queremos renunciar a esa productiva división del trabajo y del poder, pero hoy asistimos más bien a su incompatibilidad más que a su beneficiosa limitación mutua.

Las sociedades contemporáneas no conseguimos articular sus diversas lógicas (de lo que ha sido un buen ejemplo la tensión, en medio de la pandemia, entre sanidad, ciencia, economía o educación). El problema es que sabemos hacer más o menos bien cada una de esas cosas, pero no acertamos, por ejemplo, a coordinar las evidencias científicas con las medidas políticas y contando con las instituciones que se ocupan de la legalidad. Se plantean problemas de incompatibilidad entre eficacia, libertad, igualdad y legalidad, mientras que la pluralidad de actores que intervienen en la gestión de la crisis aparece más como un problema que como una solución. El verdadero problema consiste en que es la propia sociedad la que está en crisis porque la gestión de estas crisis se tiene que llevar a cabo en un mundo que es interdependiente, descentralizado, poscolonial, de inteligencia distribuida, radicalmente plural. Los problemas son nuevos, y en consecuencia las soluciones viejas no nos sirven.

Como conclusión incluyo unas breves reflexiones del Premio Nobel de Economía, Joseph E. Stiglitz, referidas a «la crisis del 2008 que implicó el cierre del gasto público y privado para salvar las estructuras financieras; donde las potencias mundiales fortalecieron sus posiciones de predominio económico sin que posibilitaran progreso para los pueblos. A su vez seguimos consumiendo recursos no reciclables del planeta sin que ello genere bienestar para la presente generación ni asegure el futuro de las generaciones venideras».

En nuestro casa, en Balares el crack del 2008 supuso la muerte de una clase media creada gracias al boom turístico y de construcción con sus errores incluidos. Los efectos de tal crisis en la macroeconomía fueron relativos, pero fueron muy graves para la microeconomía empresarial (pymes/autónomos) y para las condiciones de vida de los segmentos sociales medios y bajos (inflación/salario, inestabilidad…) en riesgo de exclusión social y económica. Hemos recuperado satisfactoriamente la actividad turística, pero podemos morir de éxito. Quedan asignaturas pendientes, si pretendemos garantizar un desarrollo sostenible y sostenido. Regresar a las viejas soluciones, puede ser un gran error.

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