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José María de Loma

Emir de Catar

Jose María de Loma

Limón & vinagre | Tamim Al Thani: Jeque al fútbol

El emir de Catar, el pasado mes de abril, en un acto de la FIFA en Doha. NOUSHAD THEKKAYIL / EFE

A lo mejor ni le gusta el fútbol. El fútbol ha pasado de ser eso que decía Lineker, «un deporte de once contra once donde siempre gana Alemania», a ser un deporte donde siempre gana el dinero. El jeque de Catar, el emir, Tamim bin Hamad Al Thani, nacido en Doha hace 41 años, lo tiene a espuertas. Dinero. Su país, también. Gracias al petróleo. Su último antojo ha sido acoger un Mundial de fútbol, que empezó ayer. Un antojo que es también una fantástica operación de imagen para el rico y pequeño país, más pequeño que la provincia de Sevilla. Un Mundial imposible: fuera de fecha, con mucho calor y en un país que no respeta los derechos humanos. Muchos muertos (¿existe el concepto «pocos muertos»?) en la construcción de los estadios —6.000 decía The Guardian—, un sistema social de castas donde los trabajadores asiáticos o de origen no catarí sufren condiciones laborales del medievo. Del Egipto de las pirámides, mejor.

Un Mundial con sospechas de corrupción. Además. El semanario alemán Der Spiegel afirma estos días que solo dos de los 24 dirigentes de distintas regiones del planeta que integran el Comité Ejecutivo de la FIFA —decisivos para conceder el mundial a Catar—, un británico y un japonés, están libres de sospechas de corrupción. Tal vez al emir se le ocurra proponer que a escala mundial se rebaje el delito de malversación.

Pero el mundo no mira para otro lado. Mira para las canchas de Catar, para el césped y el balón, mira para las grandes estrellas y los partidazos y para el sofá y la cerveza con cada partido. El Mundial ya lo ha ganado Catar. Albergarlo es su logro.

Al Thani, de los Al Thani de toda la vida, lleva como máximo mandatario (poder ejecutivo y legislativo en su personas) desde el año 2013 y su familia desde hace siglo y medio. Algunos de sus parientes han invertido en clubes europeos, en hoteles e inmobiliarias, en puertos deportivos y en todo tipo de negocios. En la ciudad de Málaga proyectan un controvertido rascacielos en el puerto que podría cambiar para siempre la fisonomía de su bahía. Al Thani, este Al Thani, es el tercer hijo de su padre y el segundo de la segunda esposa de su padre. Él mismo tiene un pequeño harén, como corresponde a los de su credo, gusta de vestirse a lo occidental y de vez en cuando viaja en misión oficial a algún país al que le promete cuantiosas inversiones. Generalmente cumple. Le ponen alfombra roja. Le besan la mano. Lo llevan a palacio. Lisonjas si el moro es rico. Una forma más de racismo. De hipocresía. En España estuvo en mayo y al Rey y a Sánchez y a todos los que quiso ver y comerles el orejón les habló de casi 5.000 millones de inversión y gas y petróleo e hidrocarburos. Posee, sobre todo, formación militar, en un país que controla con mano dura y en el que oficialmente no existe el paro. Donde se pagan sueldos de esclavitud pero donde una reducida población nativa y afecta no es que nade en la abundancia, es que se ahoga en ella.

Doha es la meca de los nuevos ricos, y de los viejos, el summum del diseño, el cemento, los mármoles y las barandillas de oro. Distopía del sistema. Paraísos no ya del petróleo, también de los fondos de inversión. Centros financieros. Al Thani se apresta a codearse, está mejorando sus capacidades idiomáticas; quiere hacer bascular hacia la península arábiga el centro del mundo, la atención mediática. Nuestro protagonista quiso suavizar algo las duras condiciones laborales, no es que pidiera consejo a Comisiones Obreras, pero intentó cambiar la norma según la cual un currela no puede cambiar de trabajo sin permiso del patrón. No parece que su intención fuera desaforada ni que se haya cambiado. A fin de cuentas, él es el patrón, el conducator, el líder, el jefe, el rico, el jeque. Jeque al fútbol.

El emir de Catar, el pasado mes de abril, en un acto de la FIFA en Doha.

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