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Matías Vallés

Cómo no ver el Mundial de Qatar

La presidenta de la federación de fútbol noruega propone contemplar los partidos sin sonido, el líder de los verdes franceses se limitará a los encuentros decisivos en el emirato amnistiado

El corrupto Sepp Blatter no se reía, cuando abrió el sobre de designación de la Fifa para albergar el Mundial de 2022. El presidente alemán del fútbol planetario esgrimió el tono taciturno en que había pronunciado «Qatar» como un síntoma de inocencia y de distanciamiento. La jequesa Moza, que había seducido a Occidente con su orientalismo Dior, fue la primera en levantarse exultante de su asiento al escuchar la nominación. Pese a la gigantesca labor de acondicionamiento de las mentes, celebrar el Mundial en el emirato árabe resulta tan extravagante que no será realidad hasta que no se haya disputado la final del torneo.

Qatar reafirma la extraterritorialidad de la religión deportiva, la supremacía esférica. Cuando de fútbol se trata, el aire acondicionado en extensiones enormes a cielo abierto es sostenible, o incluso admirable. Al mismo tiempo, los derechos humanos retroceden a un segundo plano, invocarlos denota una falta de delicadeza. Los seguidores de fórmulas culturales decrépitas pueden sentirse tentados a reclamar una indulgencia simétrica hacia pervertidos como Woody Allen, de catadura moral no inferior a los sátrapas del Golfo. No funcionará, sin balón no hay perdón.

Los canales de difusión multiplican el calendario del Mundial, las fórmulas televisivas o digitales para contemplar sin desfallecer los 64 partidos del campeonato. Esta dedicación a la agenda olvida a los seres humanos que se sienten concernidos por el funcionamiento esclavista de la dictadura qatarí. Se debe conceder una oportunidad mínima a los disidentes, que el emirato se limitaría a aplastar sin contemplaciones y que Occidente acostumbra a suprimir apagando sus focos.

Cómo no ver el Mundial de Qatar es una propuesta de calado a resolver con fórmulas transaccionales, mediante las que se expresa el disgusto sin perder la educación. Importantes dirigentes planetarios han exprimido las variantes del enarcamiento de cejas. La presidenta de la federación noruega de fútbol, Lise Klaveness, propone audaz que la contemplación de los partidos se efectúe sin sonido, como si transcurrieran en una lejana galaxia. Yannick Jadot, líder de los verdes franceses y candidato presidencial, predica con frialdad la negativa a contemplar un anodino Francia-Australia, pero la aquiescencia ante un excitante Francia-Brasil. Se llega así a la fórmula intachable, negarse a ver una sola imagen de la selección de Qatar en el torneo del mismo nombre.

Estas propuestas voluntaristas, con sordina, solo confirman que se ha decretado una amnistía temporal a Qatar, un perdón que considera irrespetuosas las menciones a los derechos homosexuales o a las desigualdades económicas. Aunque Margaret Thatcher sostenía que si quieres decir algo busca a hombres pero si quieres hacer algo encuentra a mujeres, nadie ha sintetizado mejor el paréntesis que Raquel Kismer, la ministra de trabajo argentina. «Después seguimos trabajando con la inflación, pero primero que ganemos el Mundial». Si el fútbol nos libera de la hipocresía, habrá culminado su misión taumatúrgica. A propósito, el aumento de precios en el país sudamericano supera el ochenta por ciento anual.

Después del Italia’34 a mano alzada de Mussolini y del Argentina’78 a mayor gloria de Videla, el Mundial de fútbol del fundamentalismo islámico no debería pillar desprevenido al planeta. Pese a ello, las beneméritas ONGs han exprimido el repertorio de boicots a Qatar, un bombardeo donde la verdad vuelve a ser la primera víctima. Nadie se cree los datos del emirato, que lamentan la muerte de tres trabajadores o esclavos durante la construcción de los estadios. Las decenas de fallecimientos de obreros consignados por instituciones sindicales son más verosímiles, pero conforme se acerca el vibrante Qatar-Ecuador de apertura, las víctimas mortales se cuentan por millares.

Una amnistía temporal no sale gratis. Si el balance en imagen del campeonato se vuelve contra el anfitrión, Qatar habrá pagado doscientos mil millones de euros por la mayor ceremonia de descrédito de una dictadura en la historia de la humanidad. Aunque los misiles se encargan de desmentir las últimas predicciones llevadas a cabo a escala global, el sometimiento al balón pacificará la competición, el discurso de Messi o Lewandowski con los pies acallará a los disidentes. Todo ello sin olvidar las contradicciones de una súbita irritación con el régimen qatarí, difícil de conciliar con la avidez premonitoria del mayor espectáculo que vieron los siglos, un Bayern-PSG en octavos de Champions que volverá a estar regado con los petrodólares.

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