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Alex Volney

Mallorca en Josep Pla (1)

Si Dios existiese, sería una biblioteca. Lo había dejado anunciado Umberto Eco. Nuestro personaje ampurdanés se iría desarrollando como escritor en unos tiempos en que las citadas parroquias, llenas de libros, eran más frecuentadas que en cualquier otra época. Josep Pla, gran conocedor de Mallorca y atento autor ante cualquier fenómeno literario que se llevase a cabo en la isla, visitó la misma con más asiduidad de la que se han hecho eco, en su momento, los medios. Era un ferviente feligrés de esas reposadas salas un tiempo llenas de libros y que daban al viajero unos instantes de calma. Era, en ese aspecto, un creyente por comodidad.

Pla siempre llegó por mar. Las primeras veces por motivos obvios y las siguientes por ser, el marítimo, un transporte muy utilizado por el universal escritor de Palafrugell. Tendría dos formas de llenar su tiempo al tocar tierra en el muelle de Palma. La de antes de la guerra fratricida y la de después. En la primera, y tras haberse recreado observando los acantilados de la imponente Dragonera o los perfiles de la hermosa costa de Calvià, todo consistía en instalarse en el Restaurant Can Tomeu del Born, un establecimiento de excelente cocina que ofrecía también un buen alojamiento. Tenía que subir por unas escaleras y recorrer largos pasillos, laberínticos, para comprobar la habitación que le había tocado. Mis queridos «avis» allí celebraron el refrigerio después de haber pasado por el juzgado. Muchas parejas lo hacían allí. Hoy es un McDonald’s, pero a principios de siglo era un centro en el cual muchos catalanes del Principat se frecuentaban y además por historia personal, y por contrastada información, parece ser que también se encontraba allí la logia Oriente. Josep Pla puede que no formase parte de la masonería, pero desde luego la conocía de cerca en sus amistades e incluso en algún familiar. Como todo ampurdanés, tenía bien familiarizado el tema. Estaba, la condición masónica, formada por buena parte del federalismo. Al llegar solía preocuparse de que la habitación fuese grande y soleada. En todo caso, era un establecimiento que sufrió diversos cambios de nombre pero que mantendría una muy determinada concurrencia durante los años anteriores a la contienda. LLuís Martí era asiduo del lugar.

El sr. Pla merodeaba a menudo por el paseo del Born para luego subir Conquistador hacia la plaza de Cort. «Els llibrers són propensos a pensar que els llibres no són per a vendre», dejó escrito de Palma, entrando y saliendo de sus librerías, puede que de la antigua librería Escolar mientras esperaría a Joan Estelrich. Sentenciaba que uno de los motivos de hospedarse en Can Tomeu era por servir el mejor café. Le hacía sentir como en los mejores rincones de Italia. Le fascinaban las «peixeres» del Born, los miradores acristalados de sus pisos, como le fascinaba la figura de «Lucifer» representada en Gabriel Alomar equilibrando, por contraste, a una sociedad mallorquina que le agradaba mucho y lo demostraba fabulosamente con su desprecio a George Sand. Conoció a Pilar Montaner en el Alhambra pero era capaz de dejar cualquier reunión de relevancia para no perderse puntualmente una «greixonera de faves tendres». Esas primerizas habas , el día y a la hora que en Can Tomeu las convocaban.

Un mañana cogió el tren de Sóller y llegó a Fornalutx, que lo sorprendió muy gratamente. Parece ser que conoció Esporles y Valldemossa, pero también se equivocó describiendo el Pla de Mallorca justo definiendo el tramo que sube de Son Sardina a Bunyola. Quizás fascinado por los almendros en flor o por la «sonoritat d’aigua al torrent» que «es converteix en una sinfonia». Incluso llega a asegurar que en Valldemossa el invierno dura… ¡8 meses!, y acabará preguntándose, desconcertado por tanta belleza, si es posible pintar el infinito. «Nosaltres som panteístes» llegando a su «estat d’esperit excepcional» define el paisaje mallorquín de sublime e imposible de pintar. Valldemossa, Miramar, Deià… Pero se lía cuando asegura que el tren de Sóller «travessa el gran pla de l’illa», nos da lo mismo, todo es perdonable a quien liga Ramon Llull a Montaigne pasando por Sibiuda y añadiendo a Pascal, sin olvidarse de Sor Tomaseta. Todo de un mérito alucinante. Los almendros le fascinan y embriagan, se confunde hasta creer que llega al paraíso cuando para en Fornalutx. En la vuelta a casa, el 1921, antes de la pérdida de contacto físico con la isla, tormenta y mala mar, rayos y truenos sobre Bellver. Lanzará un dardo de amor a la balear mayor: «l’aire és de color de puré de pèsols». Conoce la flor y el fruto y que son los guisantes de aquí los mejores que ha podido probar nunca. A él le gusta que el paisaje a parte de bello sea rentable. Los guisantes, hoy, todavía lo son. La discreta belleza de su flor es descrita en sus libros como en los de Riber. Pla conoce la isla y conoce muy bien a sus autores, pero también a los universales y ha leído mucho. Sabe que en el Lunte de Berlín Joseph Roth, falto de lujos y casi en la calle, cuando ya no podía más acudía a la humeante sopa de este diminuto fruto de la tierra.

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