Opinión
Puentes boomerang
Uno de los más encantadores y pérfidos inventos de nuestro modo de vida es el de irse de puente, saltando de fiesta a fiesta por encima del caudaloso río de trabajo que nos persigue. El problema está en que, como el caudal del río crece mientras uno disfruta del puente, al llegar todavía con la sonrisa puesta se le viene encima la crecida con riesgo de ahogamiento. Ocurre igual que con los viajes de placer con precio aplazado, hay que empezar a pagarlos cuando el placer ya ha pasado a mejor vida. Aunque todo esto sea así (por lo que se debe respetar al que prefiere quedarse en casa para evitar el culatazo de la vuelta), el golpe de adrenalina del momento de irse de puente y echar el cerrojo, dejando chafadas a las tareas acosadoras detrás de la puerta, es tan fuerte que solemos picar una vez y otra con el maldito invento. El sistema es así de astuto, igual que la vida.
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