Suscríbete 4 Billetes GRATIS Diario de Mallorca

Diario de Mallorca

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

JOrge Dezcallar

Más de lo mismo

El XX Congreso del Partido Comunista Chino lleva una semana de reuniones con la orquestación espectacular propia de estos acontecimientos donde todo está medido al milímetro (había que ver a las señoritas que servían el té moviéndose al unísono entre los 2.300 delegados), con una coreografía que recuerda a los desfiles de Corea del Norte o a los contubernios nazis que filmaba Leni Riefenstahl. Aquí hay que fijarse además en el orden de los que desfilan para confirmar nombramientos, ascensos o caídas en desgracia que en ocasiones son ejecuciones públicas al estilo de Stalin, como le acaba de ocurrir al anterior presidente Hu Jintao en este mismo Congreso.

A partir de hoy conoceremos los demás nombramientos en la máxima jerarquía de un partido que cuenta con 90 millones de camaradas que todo lo ven y todo lo oyen y manejan así las vidas de 1400 millones de sufridos compatriotas. Su legitimidad procede del éxito económico de sacar a 700 millones de chinos de la pobreza (cien en los últimos diez años) aunque la economía esté hoy dando signos de flaquear pues su crecimiento este año se estima en un 2,8%, muy lejos del 8,1% que le daba el FMI hace un año y más lejos aún de los añorados dos dígitos de antaño.

El Congreso confirma la entronización sin contrapesos de Xi como el tercero de la Troika celestial del «socialismo con características chinas» junto con Mao y Deng, le da otros cinco años de gobierno dictatorial, le permite seguir deshaciéndose de rivales con la excusa de combatir la corrupción, y no le critica por la mala gestión de la política de Cero Covid que tiene un altísimo coste económico para el país. Todo son aplausos porque aquí el que se mueva no sale en la foto y de este Congreso saldrán los 200 miembros del Comité Central del Partido, los 25 de su Buró Político y los 7 del Comité Permanente, que son los que de verdad cortan el bacalao en ese inmenso país.

No se esperan cambios en la política económica de capitalismo estatal que ahora renquea, mientras se mantendrá el esfuerzo por crear grandes campeones nacionales, sobre todo en el ámbito de la Inteligencia Artificial que es donde se juega el dominio mundial.

Xi sabe, porque ya lo dijo Mao, que si China fue dominada durante cien años fue porque perdió el tren de la primera revolución industrial y no va a permitir que eso vuelva a suceder. También es de esperar un refuerzo mayor para proteger su economía de turbulencias exteriores y hacerla más autosuficiente.

En política interior continuará la represión de todo el que se oponga al dominio absoluto del Partido, y en el exterior la diplomacia agresiva «de los lobos» teñida de nacionalismo con objeto de colocar a China en el lugar que dicen que le corresponde en el mundo por su peso político y económico, enfrentando a unos Estados Unidos que Xi considera «fuente de caos» en irreversible decadencia. La duda es si lo hará de forma gradual y pacífica o violenta. No hay que olvidar que las espadas están en alto entre ambas superpotencias en los ámbitos comercial, político, militar y tecnológico (Washington acaba de prohibir exportar semiconductores a China). Son particularmente graves los desacuerdos en torno a la relación con Rusia, la soberanía sobre la importante vía de comunicación que es el mar del Sur de China, los derechos humanos en Xinjiang, la represión en Hong Kong, temas comerciales y, sobre todo, Taiwán. Su mención en el discurso inaugural de Xi fue la única que animó a los delegados a aplaudir con algo más de entusiasmo. Dijo que su reintegración era algo irrenunciable, a ser posible de manera pacífica pero sin renunciar al uso de la fuerza si resultaba necesario. Es una reivindicación preocupante porque va a más.

China quiere otro orden mundial, otro reparto del poder y otras normas que respondan a sus intereses y a sus valores. Y no lo oculta. Lo mismo desea Rusia como ha demostrado al invadir Ucrania, con la diferencia de que China tiene «cada vez más, el poder económico, diplomático, militar y tecnológico para impulsar ese objetivo», como acaba de recordar la nueva Estrategia de Seguridad norteamericana.

Así que mucha fanfarria pero más de lo mismo y cada vez con más medios. Tenemos Xi para rato.

Compartir el artículo

stats