Opinión | EL RUIDO Y LA FURIA

Cuarenta años después

A veces a uno no le pasa nada en la semana, excepto la vida y su extraña manera de hacernos sentir viejos. En estos días anda el PSOE celebrando los cuarenta años de su victoria en las urnas, circa 1982. Han desempolvado el cartel aquel que les hizo José Ramón, un dibujante famoso en la época, y hemos visto juntos a los tres presidentes socialistas habidos haciéndose la foto en la inauguración de la exposición 40 años de democracia, 40 años de progreso que nos recuerda aquello. En la foto no estaba Alfonso Guerra, que fue el cincuenta por ciento de aquella victoria y aquel Gobierno.

Entonces, en aquellos años, si decías «Alfonso» todo el mundo sabía que hablabas de él. Se llega a lo más alto cuando basta tu nombre de pila para que todo el mundo sepa quién eres. Lo tenía «Felipe» también. No mucha gente más. «Zapatero» gastó su apellido porque el José Luis no decía nada, y Pedro Sánchez necesita nombre y apellido, así han ido las cosas del carisma.

La ausencia de Alfonso me ha traído el recuerdo de mi único encuentro con él. Fue antes de los escándalos de su hermano Juan y todo lo que vino después. Entonces todavía era «Alfonso».

Me había citado a las nueve de la mañana en la cafetería de un hotel de mi ciudad. Una entrevista, seguramente en mitad de una campaña electoral, era frecuente entonces. Fuera de campaña resultaba inaccesible, al menos para un periodista modesto como yo, que escribía en un modesto periódico de provincias.

Yo llegué antes. Yo siempre he llegado antes a todo, menos a lo que verdaderamente me ha importado, a eso llegué siempre al final de la fiesta. Pero volvamos a la escena. Un periodista muy joven, veintidós o veintitrés años, que llega muy pronto a una entrevista, pide un café, y saca de la mochila un libro para aprovechar la espera. Quince, veinte minutos, unas páginas. Me enfrasqué en ellas. Y llegó Alfonso sin que yo me diese cuenta. Se interesó por mi lectura. Era una antología de Juan Gil-Albert, la de Cátedra. «Ese poeta se merece el Premio Nobel», dijo Alfonso, sentenciando, y me recitó el comienzo de La ilustre pobreza.

Son complejos los mecanismos de las relaciones humanas. Bastó una coincidencia en gustos poéticos para que entre aquel tipo con fama de arisco, probablemente el hombre más poderoso de España en ese momento, y yo, un humilde plumilla de provincias, se estableciera una corriente de simpatía. Y todo gracias a un poeta poco conocido, que se autoeditó casi todos sus libros, que hizo del ocio el eje de su vida y de su obra, y que seguramente se hubiera sorprendido, divertido, de lo que pueden lograr unos versos, cómo pueden hacer navegable el mundo. Gil-Albert se murió en 1994. Alfonso no era ya «Alfonso» y yo ya no estaba en ese periódico. No guardo la entrevista, pero conservo aquel libro y me sé de memoria el principio de La ilustre pobreza, cuarenta años después.

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