Opinión | Exvicepresidenta del Gobierno

Limón & vinagre | Mª Teresa Fernández de la Vega: La izquierda exquisita

María Teresa Fernández de la Vega en una imagen de noviembre de 2021.

María Teresa Fernández de la Vega en una imagen de noviembre de 2021. / Marta G. Brea

En octubre de 2010, nada más abandonar la vicepresidencia del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero rumbo a la comisión permanente del Consejo de Estado, María Teresa Fernández de la Vega (Valencia, 73 años) dijo en su despedida: «Siempre se tiene que estar con la maleta hecha». Esta semana, con el equipaje listo para emprender viaje, abandonará la presidencia de este organismo, al que llegó a su máxima representación en 2018. Será un viaje corto y probablemente de regreso a la misma comisión desde la que escaló al primer puesto del principal órgano asesor del Ejecutivo. En su retorno como consejera de a pie se asegura el puesto de forma vitalicia -la semana pasada dejó un puesto vacante Victoria Camps, designada por el PSOE- y se libera de la incertidumbre que apareja la Presidencia, sometida a los resultados electorales de 2023 que podrían desembocar en Núñez Feijóo como primer ministro y, con él, el relevo al frente del Consejo de Estado.

Parece probable, por tanto, que el reingreso de Fernández de la Vega como consejera permanente no signifique una escala en su dilatada carrera en la Administración, sino el final de un itinerario por instituciones públicas que se inició como jefa de gabinete del ministro de Justicia Fernando Ledesma en el primer Gobierno de Felipe González, prosiguió en 1990 como vocal del Poder Judicial, como secretaria de Estado de Justicia en 1994 y, tras un periplo como diputada en el Congreso, coronó diez años después al convertirse en la primera vicepresidenta de un gobierno de España. En 2004, durante las ocho horas que Zapatero se ausentó al extranjero en un viaje oficial, fue la primera mujer de la historia en presidir el Consejo de Ministros sin ser monarca.

A lo largo de su biografía, analistas de uno y otro ámbito ideológico han hallado en ella más luces que sombras. Paradójicamente, al día siguiente de anunciar su renuncia a continuar en la Presidencia del Consejo de Estado, fueron medios conservadores los encargados de avivar la figura de Fernández de la Vega como «ejemplo de dignidad» o «pionera en romper techos de cristal». En el otro lado, diarios de corte más progresista no omitieron en sus análisis el hecho de que el año que viene podría ser destituida al frente de la institución en el caso de que Pedro Sánchez pierda las elecciones. Tampoco se olvidaron del elemento crematístico. Como presidenta del Consejo de Estado, su sueldo anual asciende a 86.900,76 euros, mientras que como consejera permanente -puesto vitalicio, duración indefinida- la retribución se eleva a 119.778,17.

Es el tipo de gestos que, por lo general, a la izquierda más le cuesta asimilar, ese factor exquisito que Tom Wolfe acuñó en 1970 para describir cómo las élites sociales neoyorquinas quedaban fascinadas por los radicales románticos, los Panteras Negras y el deseo de identificación con la clases medias y bajas. La izquierda exquisita, la gauche divine, la izquierda caviar. Una sociedad que a menudo se queda en un capítulo y prescinde de las obras completas apenas reparará en que Fernández de la Vega impulsó normas como la Ley contra la Violencia de Género, la Ley de Dependencia, la Ley de Igualdad, el primer Plan Nacional de Derechos Humanos aprobado en España o la digitalización y transparencia del Consejo de Estado, fundado por Carlos V en 1552 y que en febrero de 2020 dio su primera rueda de prensa en cinco siglos de historia.

Sin embargo, quedará para los anales aquel posado en Vogue de agosto de 2004, cuando ocho ministras de Zapatero (De la Vega, María Jesús San Segundo, Elena Salgado, Carmen Calvo, Magdalena Álvarez, María Antonia Trujillo, Cristina Narbona y Elena Espinosa) quedaron inmortalizadas por la publicación fetiche de la moda internacional con modelos de Roberto Verino, Adolfo Domínguez, Miguel Palacio, Loewe, Ángel Schlesser, Jorge Vázquez o Roberto Torreta. Aquello provocó la ira del PP (la sesión fotográfica se realizó en La Moncloa), que sin poner en valor la paridad del Gobierno, rebautizó a la exvicepresidenta como Fernández de la Vogue. Los ecos no se acallaron hasta que Soraya Sáenz de Santamaría salió en la portada de El Mundo en 2009 en un posado mucho más glamouroso (aunque sin modistas de relumbrón) y más tarde Díaz Ayuso, con aquellas instantáneas de virgen atormentada durante el confinamiento. Rajoy admitió años más tarde que las críticas a aquel posado ministerial fueron desafortunadas.

El relevo de Fernández de la Vega se produce en mitad del río revuelto causado por la sustitución de Carlos Lesmes al frente del Poder Judicial. Nada ajeno a esta mujer que accedió a la Secretaría de Estado de Justicia en plena instrucción de los sumarios del GAL, las escuchas ilegales del CESID (hoy CNI) y la huida del entonces director de la Guardia Civil, Luis Roldán. Siempre con la maleta a punto, de todo ello salió indemne y disparada a la vicepresidencia del Gobierno. Tras su renuncia a continuar como presidenta del Consejo de Estado, parece que le ha llegado la hora de deshacer el equipaje. Y con carácter vitalicio.

María Teresa Fernández de la Vega en una imagen de noviembre de 2021.

Suscríbete para seguir leyendo