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Juan Gaitán

En pleno siglo XV

Según la manera musulmana de medir el tiempo, estamos en el año 1444. Quizás, entonces, acaso haya alguien en Irán en este preciso momento que se diga para sus adentros «¿cómo es posible que en pleno siglo XV maten a una muchacha a palos por no llevar bien puesto el hiyab?».

El pasado 26 de septiembre Mahsa Amini, de solo veintidós años de edad, murió tras ser detenida en Teherán por la llamada «Policía de la moral» al considerar que llevaba mal puesto el velo islámico. Desde entonces se han ido sucediendo múltiples protestas en Irán que han causado un número inconcreto de muertes. El recuento oficial habla de unas cuarenta, pero algunos cálculos de organizaciones humanitarias lo elevan a ciento cincuenta.

La muerte de Mahsa ha causado un movimiento de protesta en Irán que poco a poco se va extendiendo por el Europa. Un amplio grupo de actrices francesas encabezadas por Juliette Binoche, Marion Cotillard o Charlotte Gainsbourg han difundido un vídeo en el que aparecen cortándose mechones de pelo en solidaridad con las mujeres iraníes. Suena, de fondo, la canción italiana Bella Ciao.

Del maestro de mi padre, Miguel Torres Alba, heredé una serie de herramientas que había fabricado con sus propias manos. Entre ellas, quizás la de mayor simbolismo para mí es una regla de veinticuatro pulgadas con la que me enseñó a medirme solo a mí mismo, a no emplearla nunca para medir a los demás. Es un modo tan válido como otro cualquiera para aprender el respeto por las opiniones, creencias y costumbres del otro, a no intentar hacer prevalecer las propias. Ahí empieza la libertad, que consiste esencialmente en respetar y ser respetado, en que podamos creer, pensar y hacer lo que entendamos oportuno sin interferir en lo que cree, piensa o hace el prójimo. Y hablo de «respeto» y no de «tolerancia» porque el concepto «tolerancia» tiene un cierto rastro de verticalidad, la que va del «tolerante», que se sitúa por encima y «permite», al «tolerado», a quien «se le permite» y por tanto está en un plano de inferioridad.

De modo que respetando la decisión privada y personal de las mujeres musulmanas o no que quieran ponerse el hiyab en el uso de su libertad, me planto frente al espejo con unas tijeras y me corto el pelo que no tengo para defender el derecho de otras a no ponérselo sin que nadie pueda obligarlas a ello y mucho menos detenerlas o asesinarlas. Que, lo mires por donde lo mires, estamos en pleno siglo XV «y ya va siendo hora de que se queden atrás algunas cositas, hombre, algunas cositas…», que hubiera dicho el inolvidable Jesús Quintero mientras se levantaba y salía, elegantemente, de plano, con el pañuelo al cuello.

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