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Antonio Papell

El vacío de las posdictaduras

La guerra de Ucrania está alterando los equilibrios geopolíticos mundiales. De una parte, Putin y su régimen oligárquico están quedando dramáticamente aislados ya que han perdido el apoyo de prácticamente todos los regímenes «iliberales» del mundo que mantenían con Moscú un pacto más o menos tácito de comunidad. El hecho de que el ejército ruso, mal preparado, sin alicientes y con un armamento anticuado, solo pueda abastecerse en Corea del Norte y en Irán demuestra una soledad patética que probablemente Putin no había previsto y que puede desembocar en una derrota vergonzante y estrepitosa de Rusia, cuyas ínfulas imperiales están quedando manifiestamente en ridículo. En estas circunstancias y cuando se ha frustrado el escenario de una guerra relámpago que colmara las ambiciones de Putin en pocos días, la crudeza de una guerra mal planteada está soliviantando a la población de Rusia, que huye despavorida del país para no tener que alistarse y que rechaza de forma muy significativa la agresión imperialista de su líder a sus hermanos ucranianos.

De otra parte, y sin que en apariencia haya relación alguna con la guerra en Europa, el régimen iraní se tambalea porque las generaciones emergentes no están dispuestas a soportar por más tiempo el autoritarismo religioso de las mafias chiíes que, además de dejar al país arruinado, pretenden obligar a sus súbditos a cumplir los dogmas puritanos del islamismo más radical. Como es sabido, el país está en plena explosión de indignación social a causa de la muerte a manos de la policía del régimen de una mujer de 22 años, Masha Amini, detenida por no llevar puesto correctamente el hijab. Es obvio que este estallido, difundido por las redes sociales a todo el orbe, no se debe exclusivamente a este crimen sino también al cansancio acumulado durante décadas de presiones reaccionarias, de represión brutal y de incompetencia económica y diplomática.

A primera vista, las dificultades por las que atraviesan estos dos regímenes autoritarios constituyen una buena noticia para las democracias de todo el mundo. La tesis amenazante de que podíamos regresar a otra bipolaridad, esta vez entre las democracias y un club de sistemas iliberales se ha disipado por cuanto China, el gigante que condiciona inexorablemente a la geopolítica mundial, muestra como principal ambición el desarrollo del país y la elevación del nivel de vida de los ciudadanos, lo que le separa del mesianismo retrógrado de Moscú, cuyas veleidades están condenando al pueblo ruso a un particular calvario del que empieza ahora a tomar conciencia. Asimismo, Turquía y la India, que han jugado en ocasiones la baza rusa para impulsar ciertos intereses discordantes con los de Washington, se han desmarcado claramente del delirio ultranacionalista del líder ruso.

Pero es patente que la decadencia de Rusia y de Irán no pone en perspectiva soluciones viables, aunque es claro que la caída de ambos regímenes representaría un gran turbión geoestratégico muy sugestivo. La transición española, el paso de la autocracia a la democracia, se produjo en el marco de una sociedad muy madura, que tenía muy claros dos vectores que fueron definitivos: el cambio tenía que ser pacífico, y el objetivo era la construcción de un régimen democrático homologable a todos los europeos occidentales, a cuyo club queríamos incorporarnos. En los casos mencionados, no es presumible que las sociedades respectivas sean capaces de conducir unas transformaciones de algún modo comparables a aquel proceso del que todos deberíamos sentirnos orgullosos. En el caso ruso, el verdadero poder está en manos de una oligarquía explícita que no va a tolerar el crash económico del régimen ni la destrucción del país (ello es también garantía de que no tolerarán el recurso de Putin al arma atómica). En el caso iraní, la desaparición del régimen de los ayatolás dejaría simplemente un insondable vacío, muy difícil de llenar porque los iraníes no tienen antecedente en que mirarse.

El eclipse del régimen ruso cambiaría positivamente muchos planteamientos europeos, ya que el club democrático podría crecer hacia el este. El de Irán pondría fin a la vieja rivalidad entre sunníes y chiíes, pacificaría el Próximo Oriente y facilitaría a Israel una solución al eterno problema palestino. De momento, son meras lucubraciones, pero no estaría mal empezar a prevenir esos cambios que algún día deberemos gestionar todos los miembros de la comunidad internacional.

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