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Juan José Company Orell

Las paellas contaminan

Llegan a mí noticias perturbadoras, dicen que hay por ahí unos personajes ocultos en la negrura que presta la burocracia (creo que me he dejado de poner una erre más) que, por aquello del medio ambiente, pretenden dejar ese templo del buen yantar llamado El Bungalow, como si de un edificio de Jarkow se tratara, esto es en las ruinas y con sus moradores fuera de la vida. He intentado averiguar a través de esas noticias cual es el horrendo crimen que se les imputa a los que allí acometen la misión de hacernos caer en el nefando pecado de la gula tentándonos con una paella ciega, un arroz negro o una fideuá o unos pescaditos fritos, pero nada de ello se dice en las gacetas; no se sabe si en sus andanzas culinarias emplean algo así como la kriptonita supermaniana o algún otro producto tóxico para los humanos o si de sus cocinas emanan vapores venenosos cargados de «ceodoses» y demás detritus atmosféricos, que pongan en peligro la existencia de los viandantes a cien kilómetros a la redonda o si tras cada turno de comidas tiran plásticos al mar que les bordea. No creo que tal sea porque he disfrutado del lugar y sobre todo de lo que se encuentra sobre los manteles en no pocas ocasiones y no me han salido pústulas supurantes ni me he puesto verde lagarto, o sea que una de dos, o tengo una constitución a prueba de estricnina o deben hacerlo muy bien en aquella cocina; me inclino por lo segundo.

No parece que el asunto sea un problema de licencias o permisos pues en esta tierra casi al instante que a alguien se le ocurre abrir un negocio al público, por mínimo que sea, ya tiene en su puerta a un funcionario de ayuntamiento de turno, a otro de consumo, uno más de normas de seguridad y algún otro de igualdad en el posible cuadro de empleados, empleadas, empleades, advirtiéndole de las consecuencias de faltarle algún papel com mentres; tampoco parece que sea cosa de urbanismo porque la caseta debe llevar allí casi los mismos años que llevo yo taconeando el asfalto terrestre, que no son pocos; y no parece que la causa pueda ser de impacto visual pues si esa fuera la razón que mueve a la administración dinamitadora ya habrán utilizado una buena cantidad de semtex parta hacer desaparecer el engendro gris del Palacio de Congresos, que además esta hermosamente ubicado en la fachada de Ciutat y su visión se puede sufrir desde lejos. Y dada la abundancia de argamasa y cementos varios en las orillas de la Roqueta dudo que el asunto sea el de su vecindad con el mar, si tal fuera las excavadoras tendrían en las islas trabajo para varios decenios, y no les veo por la labor.

¿Cuál es entonces la imperativa razón de que se quiera hacer desaparecer de la faz de la tierra un local de comidas, que a nadie con suficiente raciocinio molesta, juntamente con los empleos que genera, el placer que da a sus clientes y, ahora que está tan de moda, los impuestos y tasas que tal actividad genera?; no se sabe; sería interesante que los que han puesto en marcha la máquina infernal administrativa con tal objetivo no se escondieran tras el cobarde anonimato y salieron a campo abierto, para que pudiéramos conocer su identidad y sobre todo para que explicaran sus razones, a fin de que el resto de la plebe contributiva supiera si se trata de argumentos medianamente encomiables o simples ganas de fastidiar al prójimo.

Y todo eso sucede mientras las cunetas de nuestras rutas turísticas siguen siendo un muestrario de todo tipo de envases usados, cuando tenemos una geografía llena de montañas de neveras, electrodomésticos varios y demás derribos y cuando playas, muy cercanas al lugar de la pretendida actuación administrativa, tiene que cerrase a los bañistas con demasiada frecuencia porque esa misma administración no tiene suficiente cuidado en evitar que algún que otro excremento flotante vaya al mar por mor de algún que otro colector deficiente.

A uno se le ocurre que si el diablo cuando se aburre mata moscas con el rabo, a algún mandamás con poder cuando el tedio de no hacer nada le supera le abre un expediente a algún desprevenido ciudadano para así dar razón a su existencia, la pregunta que asoma es pues bien sencilla: ¿es que los mentados antes no perciben que hay problemas de verdad que requieren de solución?

Decía Oscar Wilde que desde un buen festín se puede perdonar a todos, incluso a los parientes; si nos despojan de esa posibilidad de francachela los pretendidos perpetradores del hecho no dispondrán jamás de perdón por nuestra parte pues nos habrán privado de la necesaria condición para concedérselo.

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