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Mercè  Marrero

La suerte de besar

Mercè Marrero Fuster

¿Los 50 son esto?

Cumplir 50. Teñirse, someterse a pruebas médicas, tener dificultades para ver de cerca y temas recurrentes de conversación. Esta nueva década tiene que traer momentos y experiencias más atractivas

¿Los 50 son esto?

Me teñí por primera vez el verano pasado. Aguanté todo lo que pude con unas canas que consideraba que me hacían parecer interesante y me justifiqué usando argumentos relacionados con mi liberación personal y mi capacidad para entrar en la madurez armónica y sosegadamente. Estoy de acuerdo con esos razonamientos, pero la realidad es que una mañana me miré en el espejo y me vi mayor. Muy mayor. Y decidí teñirme. Quizás entrar en la madurez armónicamente no se me da tan bien como pensaba.

Cumplo 50 años en diciembre y, en los últimos meses, he participado en un cribado para la detección precoz del cáncer de colón (bendita Seguridad Social), me han diagnosticado hipotiroidismo (mi endocrino es extraordinario) y me han quitado un carcinoma baso celular de la cara (si mi dermatólogo no fuera tan joven le pediría una cita). Fui tan contenta para que me aconsejara cómo hacer desaparecer una mancha provocada por el sol y me recetara una crema para ganar luminosidad y salí con un volante para una pequeña intervención. Ni la mancha ni la luminosidad me importan ya. Lo único que quiero es estar bien y saber valorar que lo verdaderamente importante es sencillo. Me estoy recuperando del poder que tienen ciertas palabras en nuestro estado de ánimo y «carcinoma» es una losa. De ahí que, en función de cómo me siento, cuando me preguntan por la cicatriz sobre el labio respondo que tenía una «cosita» o una «pequeña protuberancia» que me han tenido que extirpar. El tamaño importa, sí. Por eso, echar mano de los diminutivos sosiega mi alma.

En mi última cita nocturna con amigos, parte de la conversación femenina versó sobre la tipología de pechos y la periodicidad de las mamografías. A mí, es hablar de todo esto y entrarme una necesidad tremenda de explorarme. He integrado tanto en mi rutina cotidiana eso de la autoexploración que apenas me escondo. Me da igual si estoy tomando un café con un amigo, cocinando un plato de pasta o duchándome. Siempre es un buen momento para revisar la salud de las mamas.

En un gesto de mala educación sin precedentes, me llamaron para ofrecerme un plan de pensiones y, mientras leía un periódico digital, apareció un anuncio emergente promocionando pompas fúnebres. No acabo de recuperarme del trauma cuando noto que empieza a costarme leer de cerca y que algunas letras se convierten en manchas borrosas. Me percato de ello porque escribo «calores» en vez de «valores» o tecleo «copulación» cuando quería decir «ocupación». Pido disculpas públicas por ello.

¿Qué está pasando? ¿Son los 50? Supongo que sí y no. Al igual que las universidades, parece que la publicidad, la medicina preventiva y la sociedad en general establecen una especie de numerus clausus a partir del cual eres, oficialmente, una persona madura. Agradezco lo que atañe a la salud. Repercute en la calidad de vida y es uno de tantos beneficios de vivir en este país. Y me rebelo contra la presión social, las expresiones como «Buf, 50» o «has vivido más de la mitad de la vida» y las acciones que, subliminalmente, te hacen sentir un vejestorio. Las mujeres de 50 somos estupendas (o lo intentamos) y no tenemos necesidades diferentes a las de 48. Puede que una dosis extra de tinte, pero poco más.

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