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Norberto Alcover

EN AQUEL TIEMPO

Norberto Alcover

¿Dónde están los líderes?

Desde hace unos años, se produce una curiosa situación: de una parte, y desde todos los ámbitos sociales, se reclama la urgencia de contar con nuevos líderes, pero de otra, aumenta el desprestigio de los líderes en cuanto tales. Vivimos una gravísima crisis de liderazgo, con redundancia llamativa en todos los órdenes de la vida. Una vida que se ha hecho frágil, desnortada y seguidista de personajes de medio pelo. De ahí a conformarse con poco hay solamente un paso, que suele ser de naturaleza económica. A fin de cuentas, las posibilidades de un ciudadano medio/normal acaba por estar condicionada en su raíz por sus ingresos económicos, que le abren o cierran posibilidades novedosas y, de refilón, pueden acabar por determinar sus preferencias ideológicas, si bien y en general tal ciudadano no caiga en la cuenta. En el fondo de todo esto, existe la falta de personas, hombres y mujeres, que «arrastren» a la ciudadanía hacia dimensiones de mayor calado, en la medida que facilitan instituciones, ambiciones y desarrollos en todos los órdenes de la vida. De tal manera que ese ciudadano, sin perder su libertad, se movilice en un determinado sentido más constructivo y fraternal. Porque esta es la tarea de un líder, arrastrar respetuosamente hacia lo mejor, hacia la excelencia, a la madurez personal y social.

Junto a esa capacidad de arrastre, existen dos condiciones de posibilidad de un líder. De una parte, una sensibilidad que le permita conectar con los deseos y necesidades de aquellos a los que lidera. Quien pretenda ejercer un liderazgo serio y eficaz, necesita altas dosis de sensibilidad, de tal forma que se sienta «uno más entre muchos otros» que pertenecen a un mismo grupo humano. Sin sensibilidad, no puede haber buen liderazgo, sin que cualquier tipo de asesorías, tan de moda, sean capaces de salvar esta ausencia, pues la sensibilidad en gran parte es un don… pero que la educación y formación cultural de cada quien puede facilitar su adquisición. Otra cosa es que determinadas educaciones y culturizaciones conduzcan a todo lo contrario, a un embrutecimiento de la sensibilidad en cualquier orden de la vida. Ojo al detalle. Siempre, hay que objetivar los orígenes.

La segunda condición de posibilidad de un buen liderazgo es contar con un conocimiento suficiente de aquellas materias que le serán necesarias para determinar el futuro del grupo. En la actualidad, no basta aquella personalidad que, hace décadas, se imponía al conjunto y facilitaba la ejecución de sus propuestas. Ya no basta. Tal vez en estos momentos, un Kennedy se vendría abajo por graves carencias en conocimientos estratégicos y, por supuesto, nadie aceptaría su concepción de una Norteamericana dueña y señora del planeta. Pero tampoco Biden tiene suficiente personalidad para vender su modo de concebir el lugar de Norteamérica en el planeta actual. La personalidad es necesaria pero en absoluto es determinante de un liderazgo, porque sin un cúmulo de conocimientos «gubernamentales», la persona se viene abajo o, insistiendo en lo ya escrito, queda en manos de sus asesores que, con el tiempo, acabarán por suplantarlo. A no ser que, en el caso del gobernante, vaya eliminando a todo asesor que le haga sombra. Ejemplos muy cercanos no nos faltan. Pero, en este caso, al final el muerto queda desnudo porque, de suyo, es un ignorante de tomo y lomo.

Sensibilidad y conocimientos, una conjugación que bien podríamos narrar «inteligencia emocional», como condiciones de posibilidad para que alguien, hombre o mujer, arrastren a la ciudadanía, palabra que, de tan usada, se ha convertido en una feroz escapatoria para ocultar la ausencia de pensamiento y de vocabulario del personaje llamado a liderar. En tercer lugar, si bien tiene que ver con la sensibilidad, hacemos una llamada a la empatía, esa cualidad que permite al líder sentir, percibir, olerse instintivamente la naturaleza de los miembros del grupo, de tal manera que pueda identificarse con ellos y así orientar sus decisiones. No basta «estar entre la gente» porque se hace necesario empatizar, hacer propio el universo problemático de los demás. El hecho de visitar un incendio significa nada si se carece de reacciones rápidas como si las llamas fueran propias. Es una sutil diferencia que el pueblo percibe inmediatamente. Empatía.

Personalidad, conocimientos, sensibilidad y empatía, en una palabra, pueden hacer de una persona normal alguien capaz de liderar cualquier proyecto realizable y alcanzar un determinado éxito. Pero he dejado un detalle de gran relevancia para cerrar estas líneas, un detalle del que hasta hace unos diez años se hablaba mucho y que hemos tirado a la papelera ante la mezquindad de muchos intelectuales a la violeta: la autoridad moral. Porque todo lo anterior pende de este hilo sutilísimo que se tiene o no se tiene, y sin el cual es imposible ejercer un liderazgo verdaderamente humano y, también, democrático. Es esa capacidad para hacerse respetar por la ciudadanía de cualquier tipo, incluida la religiosa, que se siente «representada» por el líder no en función de la mera legalidad antes bien por la sencilla razón de que «se lo merece». Por ahí va la autoridad moral, que hace cuajar a un líder y que cuando falta lo convierte en un dictador o en un payaso. En una palabra, faltan líderes porque falta moralidad, es decir, ese halo indecible que emana de la persona fiable, humilde, misericorde, valiente y capaz de rectificar. Mientras tal halo no se recupere, será imposible que renazca ese liderazgo tan necesario para que sobrevivamos como una sociedad humana y democrática. Algo tendremos que hacer. Porque podemos hacer algo.

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