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Antonio Papell

La incompatibilidad de los contrarios

Ilustración: La incompatibilidad de los contrarios Ingimage

El Contrato Social, la utopía inacabada que J. J. Rousseau publicó en 1762, ya establecía rudimentariamente que, para establecer un régimen democrático, era preciso un pacto originario aceptado unánimamente por la comunidad, que determinase las reglas del juego político y los sistemas de toma de decisiones. Hoy, la moderna politología nos explica que el demoliberalismo occidental se sustenta sobre un proceso constituyente fructífero que goce de un consenso social lo más amplio posible, a partir del cual las diversas opciones políticas compiten entre sí en igualdad de condiciones, no tanto para imponerse las unas sobre las otras cuanto para mantener un debate continuo y perpetuo que permita el progreso mediante el juego de mayorías y minorías.

España, tras una larga etapa anómala y convulsa, inició en 1978 una andadura democrática perfectamente ajustada a aquellos criterios, con la que conseguimos un avance que nos permitió recuperar el tiempo perdido y ponernos en todos sentidos a la altura de nuestros vecinos de occidente.

Se generó espontáneamente una sana alternancia con una evolución constante y con retrocesos mínimos, lo que supuso que los dos grandes partidos, el PP y el PSOE, fueron capaces de ir asimilando las aportaciones que habían hecho sus antagonistas en sus respectivas etapas de gobierno. En el terreno de la ética, la moral y las buenas costumbres, el país avanzó desde el nacionalcatolicismo a la modernidad de la mano de la derecha y de la izquierda indistintamente. La izquierda legisló el divorcio, la tolerancia sexual, la integración de las minorías, el aborto, la eutanasia, etc. y la derecha fue convalidando en la práctica aquella modernización. En el terreno económico, tampoco hubo disputas insolubles: la derecha y la izquierda comprendieron pronto la necesidad de modernizar unas estructuras económicas estatalizadas e ineficientes y de engendrar una auténtica economía de mercado semejante a la de los países del Mercado Común, al que conseguimos incorporarnos en 1986, después de realizar un conjunto de reformas estructurales de gran calado. En lo sucesivo, y hasta la gran crisis de 2008 que alteró todos los planteamientos, la gestión de la economía discurrió por unas líneas claras de continuidad, a pesar de las lógicas diferencias ideológicas.

Pero este panorama un tanto idílico ya es historia y solo cabe evocarlo con nostalgia. Como ha escrito estos días el italiano Sandro Veronesi al respecto de las elecciones italianas, «a estas alturas, debería resultar palmaria la existencia de una profunda brecha que recorre todos los países occidentales y que engulle el campo de los valores compartidos y bloquea el virtuoso mecanismo de la alternancia entre mayoría y oposición. Eso es lo que provoca que cada campaña electoral acarree tan solo sentimientos negativos de antagonismo extremo, cuando no de odio personal —acusaciones recíprocas, recriminaciones, vetos, venganzas—, y nunca, nunca, reflejos de esperanza. Hace ya muchos años que no se vota para construir una sociedad mejor sino únicamente para cerrar la boca de los adversarios, para aplastarlos, para humillar a sus representantes».

Efectivamente, la nueva derecha que se ha subido al carro del populismo está emparentada con las hordas que, dirigidas por Donald Trump, asaltaron el Capitolio para destruir las conquistas de la civilización norteamericana en la construcción de un orden democrático, el afianzamiento de los derechos humanos, el florecimiento de las libertades y la generación de un Occidente feliz y solidario. En nuestro Viejo Continente, la extrema derecha no mira hacia adelante sino que trabaja —incluso recurriendo a la intoxicación y al engaño— para conseguir la desintegración de Europa y el fracaso del euro, el abandono de la OTAN, la recuperación de las fronteras rígidas, la lucha activa contra el multiculturalismo, la reducción de los derechos de las mujeres y en general de todas las minorías que han merecido alguna vez alguna forma de discriminación positiva, el abandono de la preocupación climática, etc.

Por una serie de razones que habrá que explorar, los contrarios son en Occidente cada vez más incompatibles. Los extremos consideran ilegítimos a los adversarios, y ya no se trata de reformar y de avanzar sino de destruir y reconstruir. Por supuesto, tampoco abundan las recetas para tratar de enmendar este desaguisado. En el supuesto, quizá demasiado optimista, de que tenga remedio.

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