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Juan José Millas

Tierra de nadie

Juan José Millás

¿Quién está al mando?

Mientras respiro por la nariz, como mandan los cánones de la meditación trascendental, pasan por mi cabeza imágenes remotas de la historia de mi vida. Cuando digo que pasan por mi cabeza, quiero decir que pasan literalmente por ahí: no por el hígado, ni por los riñones, ni siquiera por el corazón. Pasan por la cabeza porque ahí está el meollo, ahí están el proyector y la pantalla, ahí está localizada la mente. He cerrado los ojos, me he colocado en la posición adecuada y ahí estoy inspirando y expirando mientras asisto a un desfile de imágenes que vienen porque les da la gana a ellas, no a mí. A mí no me da la gana nada. Yo permanezco al margen, como un espectador ajeno al desfile.

Me llama la atención el detalle con el que se manifiestan estos fotogramas. Ahora mismo aparezco junto a un caballo de cartón con ruedas en las patas. Me lo trajeron los Reyes cuando tenía seis o siete años. La cara del caballo es más expresiva que la mía. Veo al caballo y me veo a mí como a dos objetos materiales, y esto es lo que me choca: el grado de definición de la imagen evocada sobre la que puedo, incluso, hacer zoom para ver mejor una de sus partes. Aunque, si me acerco mucho, se pixela, se vuelve borrosa, como sucede en los ordenadores cuando agrandas demasiado una imagen.

¿Acaso tengo un ordenador entre las paredes del cráneo? Quizá sí, pero no estoy seguro de ser yo el que lo maneja porque a continuación, sin venir a qué, aparece mi madre en el ataúd. ¿Quién ha dado la orden de proyectar esa foto? Si no he sido yo, y ya digo que no, habrá sido una especie de infra-yo que también se aloja ahí, en el cerebro, pero con el que no me relaciono. Significa que no tengo contacto alguno, precisamente, con el que manda. Yo me gano la vida de los dos, yo recibo las multas de tráfico, yo sufro las neuralgias y el insomnio, pero no mando nada. Estoy por dejar de meditar en este mismo instante, pero continúo con los ojos cerrados, introduciendo y expeliendo el aire por la nariz, como aconsejan los libros, y preguntándome al mismo tiempo en manos de quién estoy, que viene a ser lo mismo que preguntarme en manos de quién estamos. Eso: ¿Quién conduce la nave?

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