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Josep Maria Fonalleras

Limón & vinagre | Serena Williams, Tenista retirada

Josep Maria Fonalleras

Limón & vinagre | Serena Williams, Tenista retirada: Jehová, el padre y un plan

Serena Williams, el pasado 2 de septiembre en el US Open que marcó su retirada del tenis profesional. Angela Weiss / AFP

Según un reportaje publicado en 2014 en The New Yorker, Richard Williams prohibió que sus dos hijas (las tenistas; en la familia eran cinco niñas) salieran con chicos y, cuando eran pequeñas, cada vez que entraba una muñeca en su casa procedía a la singular, estrambótica y macabra operación previa de seccionar la cabeza de la muñeca. No sé qué tipo de conjuro debía de invocar, pero lo cierto es que si se trataba de evitar cualquier tipo de interés por la maternidad fracasó. Al menos, en este tema, porque Serena Williams, cuando ganó en 2017 el Abierto de Australia, jugó preñada. Bien es cierto que ya habían pasado muchos años y muchas aventuras y altibajos y que el señor Williams (el King Richard de la película de Will Smith) ya había sufrido una accidente cardiovascular que le había dejado imposibilitado.

El padre de Williams puede decirse, sin embargo, que lo tenía todo pensado. La leyenda dice que un día vio en la tele cómo una tenista rumana recibía un cheque importante por haber ganado un torneo menor y entonces decidió que tendría dos hijos cuyo futuro iba a diseñar antes de que nacieran. Y así fue. Con la colaboración decisiva de Oracene Price, la madre, los tuvo y fueron dos niñas (Venus, 1979; Serena 1981). En su plan, estructurado en un documento de 78 páginas, previó todos los pasos que se tenían que dar para que esos dos bebés llegaran a la final de Wimbledon, y a todas las demás finales. En el caso de Serena, que es lo que nos ocupa, con una carrera profesional de 27 años y con 73 títulos, entre ellos 23 victorias en un Grand Slam, un récord solo superado por Margaret Court en una época sin tanta competencia.

La locura del señor Williams («locura con un método», como dijo un colaborador suyo) podía haber terminado en tragedia (todos conocemos padres obsesivos, convencidos de la carrera triunfante de sus hijos, abocados a un futuro devastador), pero de hecho se convirtió en hagiografía, porque la personalidad extrema de ese individuo al fin logró lo que se proponía. Que aquellos proyectos se convirtieran en realidad, con el añadido nada despreciable que allí donde dice proyectos deberíamos escribir personas o, más concretamente, nasciturus, los embriones que debían cambiar la historia del tenis femenino. Del tenis, sin adjetivos.

La vida de Serena tiene una película y esconde muchas más. Vamos al final, por ejemplo. Anuncia su retirada en el Vogue y sus últimas semanas como tenista se convierten en un homenaje en vida a la mujer que cambió el deporte de la raqueta (con su hermana, todo sea dicho). Allí donde antes de que irrumpieran Navratilova, Graf o Seles había juego cortesano y largas jugadas intrascendentes, ella desbordó a todas sus predecesoras con su drive contundente y un revés criminal, subidas a la red, colocación, potencia y mirada asesina. Alguien le dijo al señor Williams que era improbable tener «dos mozarts en casa», pero al final, ambas tocaron una sinfonía que fue más bien wagneriana.

La despedida

En el Open USA, cada partido era la antesala del adiós. Todo estaba preparado para que Serena perdiera, que era lo más probable, dada su edad (cumplirá 41 el próximo lunes) y la falta de forma con la que llegaba a Nueva York. Pero juega y supera a rivales con más ranking. Y juega y le dan los homenajes que ya estaban previstos por si perdía. Pero no pierde. Los espectadores dudan entre animarla (porque retirarse con un Grand Slam sería una clausura apoteósica) o ser testigos del último partido del mito. Y ese partido llega. Parece que no, pero llega. Parece que puede ganar otra vez, con su ademán todavía poderoso, pero ante la australiana Alja Tomljanovic pierde 6-1 en el tercer set. Antes salva cinco bolas de partido. ¡Cinco! Es un no querer decir adiós y, al mismo tiempo, unas ganas irrefrenables de llegar al último capítulo de una historia que empieza cuando aún no has nacido. Rodarán una película de estos últimos segundos: seis jugadas en el último punto. Peloteo desde el fondo de la pista. En la última acción, Serena estampa la bola en la red. Pierde. Ahora sí. Todo acaba. En los altavoces suena Simply the Best, de una Tina Turner que ahora tiene la cara de esta chica (la cabellera rizada al viento) que es Testigo de Jehová (como toda la familia), que se crió en los suburbios de Compton y ascendió a lo más alto de la cima de un tenis donde no hacía tanto solo triunfaban chicas blancas y delicadas. De jovencita, le preguntaron si quería parecerse a alguien, y ella contestó: «Me gustaría que las demás jugaran como yo».

Serena Williams, el pasado 2 de septiembre en el US Open que marcó su retirada del tenis profesional.

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