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Diario de Mallorca

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Ramón Aguiló

escrito sin red

Ramón Aguiló

Un carcamal en el trono

La muerte de Isabel II ha copado las informaciones y la atención de todo el mundo. Si el llanto generalizado en el Reino Unido se podría explicar porque la monarquía tiene popularidad asegurada al atender a los sentimientos, mientras la república se sustenta sobre la razón; algo así argumentaba Peyró en su Pompa y circunstancia. La monarquía se ha mantenido por su aura de misterio, su privilegiada presencia en el espacio público y esa magia que le confiere el fulgor de las joyas y la blancura del armiño con que se adorna. El peligro que la acecha es la transparencia, por el interés de la gente en escrutar, al compás de los medios de comunicación, la vida de los monarcas, con sus luces, pero también sus sombras, sus vicios, sus pulsiones emocionales, todo lo asimilable a las vidas corrientes. La intensa luz de los focos mediáticos la amenazan porque desvanece su magia como la cruda luz del sol deshace las nieblas matutinas y aleja las fantasmagorías de la noche. Según sus defensores, sin misterio, sin secreto, su futuro está comprometido. La gran ventaja de la monarquía del RU es que está ligada, según Lukacs, «al amor por una civilización consagrada al cultivo de la vida interior, hecha de un sentido de la privacidad, un amor por la libertad disciplinada, el reconocimiento de que la verdad es más importante que la justicia». La anglofilia es propia de quienes, como Borges, no dudan en preferir el orden burgués que se decanta por el empirismo antes que por el foso de la ideología; por una conciencia no determinista y la noción de que el progreso lo puede cambiar todo excepto la naturaleza humana (Edmund Burke).

No por previsible, sino por su dimensión, el fasto de los acontecimientos no ha dejado de sorprender. La capilla ardiente en Westminster ha sido visitada por centenares de miles de ciudadanos. La espera para poder acceder a la misma ha llegado hasta las veinticuatro horas. Es sorprendente que incluso personas mayores hayan aguardado turno horas y más horas diurnas y nocturnas con sus mochilas con comida, bebida y sacos de dormir, empapados por la humedad del Támesis para acceder al féretro real y despedirse de su reina. Ni achaques, ni el duro lecho del pavimento, ni urgencias del sueño o la vejiga han debilitado el fervor y la emoción de vivir un momento histórico, la despedida de su longeva monarca. La presencia de figuras como el futbolista David Beckham o la antigua primera ministra Theresa May, trece horas de espera para el primero, hablan, bien de una propensión al fulgor de su imagen pública, bien de su fascinación por la dureza y el sacrificio británicos, por el nacionalismo guerrero tan bien expresado por Churchill en 1940: «Defenderemos nuestra isla cueste lo que cueste. Lucharemos en las playas, lucharemos en las pistas de aterrizaje, lucharemos en los campos y las calles, lucharemos en las colinas. No nos rendiremos nunca».

La familia real británica ha sido infeliz a su manera, como diría Tolstoi, una familia desestructurada, como otras familias reales, como la borbónica nuestra, con un rey que sólo podría rivalizar con Marlon Brando o James Stewart en cuanto a conquistas amorosas. Eso sí, al final se vuelve a reunir con Sofía en el hotel Claridge, la pompa es la pompa. Las infidelidades de Felipe de Edimburgo; un heredero de la triste mirada, Carlos, a quien se le impuso el matrimonio con Diana Spencer, sus infidelidades mutuas, la del primero con su primer amor, Camila Parker Bowles, con la voluntad grabada de ser su támpax; la muerte de Diana, princesa del pueblo, en París con su último amante, Dodi Al Fayed; los reproches a Isabel II por su frialdad con su exnuera; el divorcio de la princesa Ana; el disfraz nazi en fiestas privadas de Enrique; los problemas judiciales de Andrés por su relación con el millonario estadounidense Epstein y el abuso sexual a menores de edad tras su divorcio de Sarah Ferguson, la que exigía comisiones por sus gestiones, la que salía en papel cuché con un empresario sicalíptico succionándole el dedo gordo del pie; como coda final la boda del «rebelde» Enrique con la actriz Meghan Markle y sus denuncias contra la familia real por su «racismo». El más normal ha sido el actual príncipe de Gales, bien acompañado por Kate Middleton, con perfil de profesional de la realeza.

El nuevo rey Carlos III pasa por ser un árbitro del buen gusto… conservador. Las marcas del lujo tienen en él a uno de sus mejores clientes. Pontifica sobre paisajismo y arquitectura. Sus diatribas contra el urbanismo moderno de Londres han levantado ronchas entre los arquitectos. Fue especialmente sonada la que mantuvo con un icono de la modernidad como Sir Norman Foster. En paisajismo se encuadra en la tradición inglesa. De acuerdo con ella, se sitúa frente al absolutismo de la razón del jardín de estricta geometría francés y apuesta por el jardín inglés, como signo de libertad y amor por la naturaleza. Como Churchill, también dedica sus momentos de ocio (que han sido muchos) a la pintura. La transparencia visual con la que ha inaugurado su reinado ha empezado a dejar serios costurones en su imagen. Antes se le tenía casi por un personaje de Beckett o de Kafka por su larga espera a las puertas del Reino, para coronarse a los setenta y tres años, tristón y algo torpe, acomplejado por la devoción del pueblo a su madre. Sus gestos de irritación a los ujieres por la presencia de un tintero en la mesa donde debía rubricar su juramento como rey, enseñando los dientes, mostraron su desdeñosa soberbia. Que el rey de una nación guerrera como Inglaterra se involucre en una guerra disparatada con una estilográfica, incapaz de contenerse ante la nimiedad de mancharse las manos con tinta, le hunde en el ridículo más bochornoso. Al final, la imagen que desprende es la de un carcamal gruñón y clasista repleto de manías y no del temple de una majestad. Mejor le habría ido al Reino Unido con el ascenso al trono de Guillermo, capaz de ofrecer a una democracia con graves achaques la ilusión de la juventud y la fuerza. Se fundió con el público y se dejó tocar con rechazo contenido. Camila, que le secundaba, parecía salida de una película de terror de Tim Burton, muerta en vida, presta a entrar en el reino de las sombras, mientras la muerta, unos días antes, recibiendo a Liz Truss, aparentaba más vitalidad que la amojamada reina consorte que la despedía.

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