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Diario de Mallorca

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Álex Sàlmon

Álex Sàlmon

Periodista

Ceremonias útiles

Sea uno monárquico, republicano, rapero o director de sinfónica, trapecista u odontólogo, todos sienten devoción por las ceremonias. Seas árbitro, fotógrafo, conductor de autobuses o trenes, albañil, basurero, arquitecto, juez o cocinero todos, en un momento u otro, se rinden ante la forma de hacer algo, se trate de construir un plato con bogavante decorado con diminutas flores o de enterrar a una reina.

Poco importa. Se pase todo por un boato extremo o con mucha austeridad (que siempre es elegante), las ceremonias de cualquier cosa precisan de un tempo y un orden que reconforta a aquel que conoce la liturgia.

Estos días hemos asistido al extremo de este tipo de ritos con las exequias solemnes a la reina Isabel II. Nos hemos embobado con la coreografía, meticulosa y muy elaborada, de lo dispuesto por la propia protagonista para su funeral.

Muchas crónicas hablan del final de una parte del siglo XX para intentar explicar el porqué de la necesidad de que todo estuviera tan medido y ensayado. Pero es que la ceremonia, el ritual de unos movimientos ya descritos y repetitivos, es la esencia de una sociedad que se cree a sí misma. Se conocen ceremonias desde que el hombre consideró vivir en comunidad… o tribu.

Los ritos ayudan a consolidar símbolos. De hecho, los símbolos se mantienen gracias a esas mismas ceremonias. Cuando se pierden, todo se derrumba.

Ceremonias públicas, y transmitidas durante horas para todo el globo, o ceremonias privadas que mantienen la conexión de un colectivo. ¿O no es nexo de amistad una barbacoa con amigos un domingo cualquiera, con sus rutinas habituales? ¿O un desayuno familiar a las ocho de la mañana, a punto de salir cada uno a la escuela o al despacho?

O la religiosa ceremonia de los domingos por la mañana. Café con leche, tostadas con mantequilla y mermelada, algo de fruta y los diarios de papel cerca, dispuestos para ir pasando sus páginas. ¿Eso no es una ceremonia fundamental?

También se puede vivir sin ninguna de ellas. Y es que cada uno decide su nivel de banalidad.

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