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Matías Vallés

Limón & vinagre | Roger Federer, Extenista

Matías Vallés

Limón & vinagre | Roger Federer: Funciona como un reloj

Roger Federer llora emocionado mientras sujeta el trofeo del Open de Australia que ganó en enero de 2018. Thomas Peter / Reuters

La retirada de Roger Federer del tenis lo ha inmerso en una competición paralela por encontrar su referencia más ditirámbica, con estaciones en Nijinsky, Fred Astaire o Rostropovich. Dado su país de procedencia, sería más pedestre pero también exacto en muchos sentidos proclamar que el ganador de veinte Grand Slams funciona como un reloj.

La equiparación cronométrica incurre de paso en promoción de Rolex, patrocinador del glorioso jubilado a quien alguna de sus generosas marcas patrocinadoras le habrá avisado de que estaba obligado a regularizar su abandono encubierto de las pistas. Este año lleva ingresados noventa millones de euros, todos ellos a través de jugosos contratos publicitarios y sin que se le aproxime ningún otro jugador del circuito. Federer nunca ha sudado.

Para vivir entre Zúrich y Dubái se necesita tener mucho dinero y ningún alma. El llanto colectivo por Federer y por la reina de Inglaterra debe efectuar la salvedad de que los megarricos nunca lo pierden todo en la vida. Bernard Arnault de Louis Vuitton, el magnate francés de la industria del lujo, seguirá abonando una cantidad astronómica para disputar periódicamente un set contra Federer; quizás ahora pueda arrancarle algún punto.

Se insiste en que los registros de Federer son inalcanzables; no siempre se añade el asterisco de la excepción de Rafael Nadal. Por cortesía, se compara al segundo con el primero, cuando el tenista español es la unidad de medida que debe servir de patrón. Los cuarenta tomos de las obras completas hispanosuizas arrojan un balance de 24 victorias a 16 a favor del mallorquín, un marcador que disuelve cualquier posibilidad de emparejamiento, si bien seguirán hermanados por siempre en las alpargatas de Nike.

Aunque la constatación incomode a la ortodoxia, Nadal aventaja a sus adversarios íntimos. Federer había impuesto en el circuito una presencia espectral a lo Howard Hughes, con un reingreso en la competición infinitamente postergado. Medvedev era el número uno del mundo este año, antes de que el entorchado pasara a Alcaraz, al declarar cargado de ironía rusa que «la transición en el tenis empezará cuando Nadal y Djokovic se retiren a los 45 años». Indirectamente, redujo el triunvirato de intocables a un dúo. De ahí la retirada del suizo, detenido a un Grand Slam del serbio y a dos del español.

El sesgo de hablar en abundancia de Nadal cuando se desmonta el reloj Federer viene justificado por la biografía del suizo, que se obsesionó con su rival hasta convertirlo en ingrediente esencial de su peripecia. Para salvar el trauma confesado, ideó con inteligencia y elegancia una amistad fuera de las pistas, traducida en gestos como una visita promocional a la academia del mallorquín en su ciudad natal de Manacor. Más difícil resulta que Mirka Vavrinec, con quien comparte uno de esos matrimonios inseparables a distancia, comparta el acercamiento.

Nadal creció sobre los hombros de un gigante, de quien aprendió a enfrentarse a sus rivales con el público a favor. Djokovic es el Scar de El Rey León que ruge por libre, por lo que juega contra el enemigo de turno y contra las gradas. La pugna de Federer contra su amigo mallorquín se prolonga hasta hitos como la semifinal de Roland Garros en 2019, un choque con 35 años de edad media, casi de Edad Media. Los solistas inmortales se enfrentaban de memoria, podrían haber disputado el encuentro con los ojos vendados. El terceto de cuerda ha alcanzado una maestría tal que la audiencia no les demanda experiencias renovadas, sino la interpretación de una de sus sinfonías clásicas.

Para una estrella del deporte, la retirada es más dura que la muerte. Simon Kuper destaca en el imprescindible libro La complejidad del Barça que la jubilación es un tema tabú en el vestuario, «porque los futbolistas de élite advierten a la edad aproximada de 28 años que nunca disfrutarán de una vida comparable a la que tienen entonces, y luchan por alargarla». Véase Roger Federer.

Frente a la búsqueda del elixir de la eternidad, Nadal aprendió en el Open de Estados Unidos que una derrota a los 36 años sacude con mayor fuerza que a los 26. Caer ante Alcaraz en Madrid no significó la llegada del final, sino la existencia de un final, que Federer ha sopesado desde los non-lieux o no-lugares que habita. Con su retirada se venga de quien le arrebató el monopolio del tenis, pues obliga al mallorquín a pronunciarse sobre el camino de salida que le muestra. El mundo y la historia se le han quedado pequeños. Se les han quedado pequeños.

Roger Federer llora emocionado mientras sujeta el trofeo del Open de Australia que ganó en enero de 2018.

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