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Diario de Mallorca

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Ya están aquí las velas desplegadas de septiembre, un mes que es remolón hasta su mitad y después coge carrerilla y, como quien abre una ventana para que corra el aire, nos planta de sopetón en el otoño.

Cada tarde, antes de que se haga tarde, salgo a caminar. Discurre mi paseo por el rebalaje, esa línea de la orilla justo donde las olas resbalan y se empujan a sí mismas a veces con un susurro, a veces con un trueno, según vengan las mareas y los vientos. El mar y su forma de ser a la vez luz y tiempo... Es un escenario variable. Nunca es el mismo color del aguaje o del cielo, nunca son iguales ni la ola ni la arena por más que sea siempre el mismo camino y siempre la misma hora, a la manera de Kant, de quien se dice que sus vecinos ponían el reloj en hora con la puntualidad de sus paseos.

Encuentro una moneda y me trae a la memoria un atardecer antiguo. También entonces era septiembre y había una moneda en el agua, orinienta. Quizás perdida por un remero de Ulises, emergía del tiempo en la transparencia de lo azul. Lejos, como hoy, se oía el grito repetido de los pájaros. O acaso era un eco. La eternidad, lo mismo que la memoria, ignora el tiempo. Yo sé que nunca he podido resistirme a la memoria y por eso siempre he intuido que me moriré en un pasado que ya ocurrió pero no recuerdo, acaso en septiembre (contraviniendo mis deseos, porque septiembre es un mal mes para volver a morirse), en un otoño como este, con una luz fría y en huida.

Así, como una muerte que ya ha ocurrido, vuelve el otoño. La vida es un racimo de otoños y el otoño es, sobre todo, un modo de paisaje. Un lento aprendizaje entre Claudio de Lorena y Turner. Tengo la certeza de que los pintores inventaron el paisaje y de que la naturaleza les sigue el juego, divertida. Que este sol que ahora se cubre con un velo de suave violeta antes de ponerse tras la sierra plagia los nenúfares de Monet.

Cae la tarde y una mano fría parece posarse en mi espalda. Sí, es el otoño. Se le han oxidado los azules al cielo y la luz cae sobre la arena como una hoja de cobre. El viento trae una música muda que solo añade un poco de sal. Ahora es cuando yo empiezo a soñar con junio y sus tardes de altos vencejos. Ya no queda ninguno y se han dormido las azucenas de mar. También la última muchacha del verano arrebuja en la toalla un repentino escalofrío. Es hora de volver. No hay nada más que echar al fuego del verano.

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