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Diario de Mallorca

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Matías Vallés

Esquerra se independiza de Cataluña

Blasfemar contra ERC es compatible con votar al partido en unas elecciones, vuelve a cumplirse el axioma revolucionario de que los presos propios molestan más que los ajenos

Oriol Junqueras Alejandro Martínez Vélez

Al escribir las palabras «Pere Aragonès», el ordenador se detiene y plantea:

-¿Está seguro de que desea continuar por este camino?

De acuerdo, el cuarto president catalán consecutivo por desalojo penal de sus predecesores no derrocha carisma. Ahora bien, la negativa del titular de la Generalitat por Esquerra Republicana de Catalunya a participar en la Diada del pasado domingo es tan inaudita, que concede al abstencionista un protagonismo histórico. Al ordenador también le cuesta rematar con el adjetivo «histórico» un párrafo dedicado a Aragonès.

El cráter abierto por la ausencia de Aragonès impedía escribir este artículo ni una hora antes de la manifestación del 11 de Septiembre, que además enmarcaba la efemérides de una década exacta desde la celebración que volcó el nacionalismo hacia un independentismo irreversible. No fuera a ser que el president desistiera en el último instante de su osadía. El desmarque anunciado y rematado no puede ceñirse a un repliegue táctico, con la desgastada excusa de lograr mayorías suficientes. Esquerra Republicana se ha independizado de Cataluña, su país inicial se le ha quedado pequeño.

Ninguno de los cuatro presidentes sucesivos de la Generalitat estaba predestinado a conducir a Cataluña hacia el espejismo de la tierra prometida. Para que se entienda, Artur Mas votó la reforma laboral de Mariano Rajoy en el Congreso y su sucesor Carles Puigdemont estuvo a punto de convocar unas elecciones autonómicas que hubieran anulado los efectos del referéndum, que significó un abrumador apoyo de los independentistas por la independencia. Fingieron que guiaban, pero se limitaban a dejarse arrastrar.

Si se traslada el titular «El president catalán de ERC no participó en la Diada del 11S» cinco años atrás, se advertirá el tsunami que sacude la política catalana. La proverbial caballerosidad de los enfrentamientos internos favorece una erupción controlada, además de avalar que blasfemar contra ERC sea compatible con votar al partido semiindependentista en unas elecciones, salvo que el granero de sufragios de los separatistas sea inagotable.

Ampliando el foco, vuelve a cumplirse el axioma revolucionario de que los presos propios molestan más que los ajenos. El martirio en vida que supone la cárcel para los adeptos a una causa, acaba por incomodar a las estructuras partidistas que han seguido funcionando en su ausencia. Oriol Junqueras es el ejemplo primordial de este efecto. El presidente de ERC expulsado penalmente de la política gobernó Cataluña desde el atronador silencio carcelario, en la calle tiene que desgañitarse ahora para lograr un auditorio.

Se desprecia a los cínicos por ausencia de pragmatismo, pero se ha materializado el adagio de que es superfluo combatir a los rebeldes porque acabarán despedazándose mutuamente, desplazando mayor contumacia y violencia que una carga policial. A cambio, la vocación de suplicio asociada a la separación del tronco español no decae. Los independentistas mantienen el temor a verse agredidos, ahora por personas más independentistas que ellos. El estoicismo del exconseller Quim Forn, condenado a cárcel en el Supremo y resignado a sufrir los improperios de los manifestantes en la Diada, individualiza el traspaso de la corona de espinas.

Atendiendo a los índices mensuales de preocupación recogidos por el CIS, el independentismo catalán no suscita hoy ningún miedo de entidad. Si la inquietud desatada por el procés se ha reducido a márgenes ínfimos por debajo del riesgo de un meteorito, tal vez se exageró su peso específico o incluso diabólico durante la pasada década. En la obligada alineación, solo había un colectivo más denigrado que los independentistas, los antiindependentistas y los equidistantes, la reducida columna de quienes creían contemplar una versión alucinógena del Madrid-Barça.

Con Junqueras de sumo pontífice de su estrategia, Esquerra se disocia de sus bases a un precio asequible. Gobierna Cataluña, y el carácter tambaleante de la Generalitat está compartido con la mayoría de los ejecutivos europeos. Además, ERC conserva el tesoro de sus trece diputados en el Congreso, una force de frappe en el seno del enemigo con mayor poder artillero que la suma de discursos emitidos desde Barcelona.

ERC huye de la hipótesis de un tercer referéndum, para no verse obligada a votar que no a la independencia. Desde un principio, se obvió la distinción fundamental entre quienes ansían ser independientes y quienes solo desean ser independentistas.

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