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Daniel Capó

LAS CUENTAS DE LA VIDA

Daniel Capó

Mijaíl Gorbachov

Más que Reagan o Juan Pablo II, Gorbachov fue la figura que cambió el curso de la historia en los años finales del siglo XX

Ilustración: Mijaíl Gorbachov. Pablo García

La muerte de Mijaíl Gorbachov clausura de algún modo la memoria del siglo XX. No del todo –queda el lustre intelectual del papa emérito, queda Jürgen Habermas y queda alguno más–, pero sí en lo que concierne a sus principales representantes políticos. Y de pocos de ellos se puede decir que cambiaron la historia como lo hizo el dirigente soviético. Al llegar al poder, Gorbachov quiso alcanzar lo imposible: conjugar el comunismo con las libertades, modernizar una economía obsoleta y carente de estímulos tras décadas de dirigismo estatal y convertir una dictadura en democracia sin alterar el monopolio del partido único. Ya entonces, la prensa americana se refirió a la famosa canción de Paul Anka My way (A mi manera), popularizada por Frank Sinatra, como el estilo propio de aquel presidente soviético que enamoró a Occidente e hizo posible el final de la Guerra Fría. A Gorbachov le detestaron en Rusia; pero no al principio, cuando el lenguaje de la libertad y la modernización marcaban el ritmo festivo de las primeras novedades. «Su sonrisa oculta unos dientes de acero», aseguraban entonces en la URSS, y quizás hubo algo de ello en el pasado; aunque en Occidente sólo supimos ver su simpatía, mientras que en Moscú permanecería en el recuerdo la caída acelerada de un imperio y la sustitución de un régimen mafioso en el poder por otro.

Gorbachov cambió el curso de la historia: pacificó Europa y abrió las puertas definitivas a la globalización. Fue propio de aquellos años pensar que este proceso resultaría sencillo y que, en una década o dos, el socialismo de rostro humano conduciría a unos estándares de vida escandinavos. Quienes no se lo creyeron fueron los países que habían vivido tras el antiguo Telón de Acero, los cuales abrazaron el vínculo atlántico y se echaron en brazos de Washington. Rusia era demasiado grande y su mentalidad cultural probablemente demasiado diferente como para que ese cambio fuese posible de un modo acelerado y exitoso.

A Gorbachov le sustituyó Yeltsin con su tripa de arribista. Pasaba por ser más moderno que Gorbachov: un Reagan eslavo que convertiría a Rusia en no se sabe muy bien qué. En la historia, las decepciones afloran junto a los éxitos y uno se dice que todo resultaría más fácil si un mínimo de honradez y prudencia permearan la política. Pero a menudo faltan las dos. No es necesario –aunque sí conveniente– leer esa obra maestra de la literatura y del testimonio que es El fin del «Homo sovieticus» de Svetlana Aleksiévich, con el propósito de entender lo que supuso el colapso del imperio soviético para sus ciudadanos y para la sociedad rusa. En este sentido, la historia ha sido dura con Gorbachov y seguramente seguirá siéndolo en el futuro. ¿Nació el régimen de Putin de aquel fracaso histórico? Es probable, porque los imperios destruidos dejan tras de sí un paisaje de ruinas, un territorio inestable y desolado. Para nosotros, en cambio, Gorbachov fue el hombre de la sonrisa y de la esperanza, el presidente que ofreció una nueva oportunidad a la paz mundial y que liberó media Europa de la tiranía totalitaria de la URSS.

Su muerte lo ha rescatado del olvido. Más que Reagan, Kohl, Thatcher o Juan Pablo II, Gorbachov fue la figura crucial del último cuarto del siglo XX.

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